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Por Axel Marazzi


Canción de la semana: Fuck Tha Police – NWA

No hay nada en el medio

En la última semana estuvimos viendo algunos de los actos de mayor brutalidad policial avalados por un Estado en vivo y en directo como pocas veces en la historia. Todo empezó con el asesinato por parte de la policía de Minneapolis de George Floyd quien, desarmado y durante 8 minutos y 46 segundos, estuvo con la rodilla del oficial Derek Chauvin en el cuello hasta morir asfixiado.

Durante ese tiempo, decenas de veces, Floyd le dijo al agente que no podía respirar, terminó desmayándose y Chauvin, con Floyd a sus pies, seguía con la rodilla en su cuello y elegía ignorar todo lo que sucedía a su alrededor. Floyd murió minutos más tarde.

Esas escenas, desgarradoras, y la discriminación constante que sufre desde siempre la comunidad afroamericana en Estados Unidos llevaron a que Floyd se convirtiera en el símbolo de una lucha recrudecida que todavía no termina.

“Cuando empiezan los saqueos, empiezan los disparos”, dijo Trump ante el inicio de las manifestaciones. Pero Trump, que no es casualidad que haya llegado al poder después de que ganara el primer presidente afroamericano en la historia de Estados Unidos, no es el primer mandatario racista. George W. Bush le debe su presidencia a que, en parte, le privó el derecho de voto a los ciudadanos afroamericanos de Florida; Bill Clinton, con su proyecto de ley criminal de 1994, condujo al “mayor encarcelamiento masivo de poblaciones racializadas de la historia de Estados Unidos” y fue también él quien impulsó la “reforma de la asistencia social” que penalizó desmesuradamente a las minorías. Si vamos un poco más atrás, Reagan vetó las sanciones contra la Sudáfrica del apartheid.

El racismo y la discriminación son una constante de la historia de Estados Unidos. Lo que pasa actualmente no fue –solo– por la muerte de Floyd. Esa fue una más de las atrocidades que se cometieron a lo largo de las décadas en un país que a pesar de sus conquistas en favor de la libertad aún adeuda un largo camino. Las personas negras tienen 3,5 veces más probabilidad que las blancas de morir a manos de la policía cuando no están atacando ni tienen un arma. Los adolescentes negros tienen 21 veces más probabilidades que los blancos de morir por agentes de policía. La policía mata un negro cada 40 horas. La cuna de la democracia sin democracia.

Estados Unidos está tan agrietado como muchos otros países del mundo. Agrietado por un espejismo de igualdad inexistente que promete un futuro bajo la ilusión de la meritocracia que nos vendieron desde Hollywood y Silicon Valley. Por el otro el reflejo de un pasado esclavista que todavía no fue superado y la supremacía blanca instalada cada vez más fuertemente por políticos como Trump.

Gracias a la tecnología, a la conexión constante y redes como Twitter, principalmente, no paramos de ver postales que parecen haber sido sacadas de una película con estaciones de policía destruidas, patrulleros incendiados, saqueos, peleas y fuego por doquier. Todo mientras un presidente sin capacidad de liderazgo y que forma parte de la derecha más asquerosa del mundo discrimina como si fuera un troll. Un presidente con una cuenta de Twitter a la que si le sacáramos el tilde de verificado dudaríamos de si es real.

Y lo que está actualmente pasando en Estados Unidos excede por completo sus fronteras. La muerte de Floyd fue el desencadenante que llevó a las protestas que estamos viendo actualmente, pero esas protestas no se están dando solo en Estados Unidos porque no solo en Estados Unidos vemos que la vida de los afroamericanos, para los estados, vale menos que la de los blancos. Es tan cotidiano que parece una estupidez escribirlo, pero no lo es. El resurgimiento de la extrema derecha no es un problema que estemos viendo solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Un país vecino como lo es Brasil lo está sufriendo en carne propia y estamos viendo su avance en lugares como Bolivia, Costa Rica, España, Australia, Nueva Zelanda, India y una lista demasiado extensa de lugares donde cada vez se les da más cabida a este tipo de partidos reaccionarios y conservadores.

Y no hay que irse lejos de casa, lamentablemente, para darse cuenta de que las cosas están mal. Hace días un agricultor mató a un pibe de 15 años que se había metido en su terreno y estaba cazando perdices. Lo persiguió y lo atropelló. No, no leíste mal. Un hombre persiguió con una camioneta a un adolescente porque estaba en su terreno cazando perdices. Lo alcanzó y lo atropelló adrede. ¿Otra? Esta semana la Policía de Chaco entró a la casa de una familia Qom sin orden de allanamiento y la atacó brutalmente, se los llevaron presos, los amenazaron diciéndoles que los iban a prender fuego, les dijeron “indios infectados” y abusaron de dos jóvenes.

A partir de las protestas y mi ignorancia profunda en el tema estuve googleando y pidiendo recomendaciones en relación a qué libros leer para poder aprender un poco más sobre racismo y antirracismo. La mayoría me recomendó How to Be an Antiracist, de Ibram X. Kendi. Todavía no lo terminé, pero sí lo empecé y hay algunos conceptos que me gustaría compartirte.

“Lo contrario de racista no es no-racista. Es antirracista. ¿Cual es la diferencia? Como racista uno respalda la idea de una jerarquía racial y como antirracista respalda la igualdad racial. Como racista, uno cree que los problemas tienen sus raíces en grupos de personas y como antirracista ubica las raíces de los problemas en el poder y la política. Como racista uno permite que las desigualdades raciales persistan y como antirracista las confronta. No hay nada en el medio”.

Lo que dice Kendi es bastante similar a una frase que se viralizó en Instagram de Desmond Tutu, un pacifista sudafricano que se hizo famoso mundialmente por su lucha contra el apartheid en los 80s: “Si sos neutral en situaciones de injusticia, elegiste el lado del opresor”.

Por si sos de esas personas que ante un reclamo como Black Lives Matter responde que las de los blancos también son importantes. Primero dejame decirte que estás en la vereda muy, pero muy de enfrente y, segundo, te dejo este pequeño párrafo de Kendi que espero que te aclare el panorama.

“La pregunta definitiva es si la discriminación está creando equidad o inequidad. Si la discriminación está creando equidad, entonces es antirracista. Si la discriminación está creando inequidad, entonces es racista”.

Acordate. El silencio es inacción y la inacción te convierte en racista. No hay nada en el medio. No hay neutralidad. No es momento para que te quedes callado. Ni ahora, durante las protestas en Estados Unidos, ni después, cuando las protestas sean en Argentina, en cualquier otro lugar del mundo o cuando ni siquiera haya protestas.

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