Copy
Ver en el navegador
Por Axel Marazzi

La primera vez que vio

El primer recuerdo que tengo de mi hermano es cuando intenté tirarlo del auto de mi mamá. Calculo que fueron los celos. Nunca lo charlé con el psicólogo. Ni con nadie más, ahora que lo pienso. Pero ese no es del recuerdo que te quiero hablar, sino de otro muy diferente. Te quiero contar sobre la primera vez en la vida que mi hermano vio. O la primera vez en la vida que mi hermano vio bien.

La casa de mis padres, en la que vivíamos cuando todavía estaban juntos, tenía dos plantas. En la planta baja estaba la cocina, el comedor, un galpón, el living, un baño para invitados y un patio asqueroso donde no había un centímetro de pasto con una parrilla que funcionaba como repisa de cosas viejas. De esas que deberían haber sido tiradas hace años. En el segundo piso estaba la habitación de nuestros padres, la que compartíamos con Mateo, y un baño.

No sé por qué no teníamos televisión en el living porque ese aparato del mal, como en todas las familias de clase media de la provincia de Buenos Aires, era el centro de todo. La TV era el medio a través del cual nos enterábamos de las noticias, que utilizábamos para distendernos, para ver deportes, para pasar el tiempo viendo dibujos, o para tener prendida solo para que hiciera ruido de fondo como compañía. Ese aparato era uno más de la familia, quizás más importante que muchos de esos miembros lejanos que solo vemos en Navidad o Año Nuevo.

El único televisor que había en casa, al menos hasta que años más tarde llegó un espléndido 14 pulgadas que colgaríamos de una de las paredes de la habitación compartida, estaba en la pieza de mis padres. Era una pantalla de 29 pulgadas que, para la época, parecía cinematográfica. La mayoría de mis compañeros tenían otras mucho más chicas, lo que me convertía en alguien bastante popular. Todos querían venir a casa a ver Dragon Ball en esa pantalla inmensa. Por ese motivo, por ejemplo, mi casa era el epicentro de los pijamas party, esas fiestas nocturnas donde el tiempo límite para quedarse despierto se extendía y podíamos estar hasta tarde viendo películas que alquilábamos en el video club del barrio, cuyo dueño era El Pollo, un amigo de papá que funcionaba como una especie de tío sin filtro. Fue él el que, a escondidas y para que podamos disfrutar en las pijamadas cuando nuestros padres se iban a dormir, nos daba VHSs pornográficos que teníamos que ver sin volumen para no despertar a mamá y a papá. Pero eso es para otra historia.

Con mi hermano pasábamos horas viendo los dibujos animados. Doug Narinas, He-Man, Rugrats, Sailor Moon, Los Super Campeones y una lista eterna de producciones que funcionan como máquinas del tiempo que pueden transportar a cualquiera a los 90s, donde los tapados de piel no estaban mal vistos, las Ferraris eran más comunes que ahora en el prime-time y el sushi con champagne estaba en su absoluta plenitud.

Volvíamos de la escuela al mediodía. Comíamos rápido y subíamos corriendo las escaleras para disfrutar de los dibujos. Yo me tiraba en la cama de dos plazas que en esa época me parecía inmensa y mi hermano se agarraba un banquito y se quedaba al lado de la pantalla, a solo centímetros. Todavía la primera PC no estaba ni cerca de llegar a casa e internet ni siquiera era algo que estuviera en nuestra imaginación. La TV era lo más tecnológico que había en todos los hogares. Recuerdo ese momento, el de llegar a casa, tirar la mochila al lado de la puerta, comer rápido y subir las escaleras corriendo como uno de los momentos más felices de nuestros días.

Todos los mediodías eran iguales.

Una vez vino a visitarnos la madrina de mi hermano. Era algo bastante común. Vivía en San Clemente del Tuyú, una pequeña ciudad en la zona costera de Buenos Aires, y cada vez que venía a la gran ciudad, como le decía ella, se quedaba en casa.

Nosotros seguíamos con nuestras vidas como si nada sucediera. Llegábamos de la escuela, comíamos y nos disponíamos a ver TV hasta que se hiciera la hora de ir a fútbol, de hacer la tarea, de ir a jugar a la calle con nuestros amigos o hasta que mamá nos retara porque habíamos pasado demasiadas horas delante de la pantalla y quería que disfrutáramos del día.

Una vez Ema, la madrina de Mateo, lo vio mirando la TV a solo centímetros de distancia sobre el banquito de madera y le dijo que por qué no se tiraba en la cama conmigo. En esa época él tendría unos 3 o 4 años. Hablaba, pero siempre había sido un chico retraído que prefería estar en silencio. Le dijo simplemente que no quería, que ahí estaba bien. No pasó a mayores, pero durante la cena Ema le dijo a mi papá y a mi mamá que deberían hablar con un oftalmólogo porque no le parecía normal que Mateo se sentara tan cerca del televisor. Mi mamá, quien era la que se encargaba de llevarnos al médico, no le prestó demasiada atención, pero dijo que lo haría, que llevaría a Mateo al médico.

El tiempo pasó y creo que mi mamá se quedó pensando al respecto, porque desde ese momento le empezó a pedir a Mateo que se alejara de la TV, que se tirara en la cama conmigo a ver los dibujos o que se sentara en el banquito, pero más lejos. Él le hacía caso, pero a los minutos que se iba mi mamá de la habitación él volvía a su lugar habitual. Lo recuerdo porque muchas veces me tapaba gran parte de la pantalla y yo tenía que tirarle una almohada en la cabeza para pedirle, de buena manera y como haría cualquier hermano mayor, que se corriera.

Eventualmente mi mamá se cansó de decirle a Mateo que se alejara de la TV y finalmente lo llevó al oftalmólogo. Fuimos los tres en un Citroën 3CV verde sapo que habíamos pintado con mamá con rodillo una noche de verano a la madrugada porque nos daba vergüenza que los vecinos nos vieran. Ya te voy a contar esa historia también, pero no hay tiempo ahora.

Dejamos al sapito, como le decíamos al auto, en un estacionamiento y caminamos hasta el consultorio. Yo tendría unos 6 años. Mateo 3. Él iba a upa de mamá y yo iba agarrándome de una camisa floreada grande que tenía puesta ella. Llegamos, nos sentamos en la sala de espera, mi mamá le dio unos juguetes a Mateo para que no se aburriera y me pidió a mí que me quedara quieto mirando la TV. Le pregunté si podía cambiar de canal. En el televisor estaba puesto un programa de noticias que yo no quería ver. Me dijo que no, que no teníamos el control. Me quedé mirando las noticias. Un periodista hablaba sobre un partido de River y Boca que se jugaría el siguiente domingo. Me aburrí rápidamente. Nunca me interesó el fútbol más que para jugarlo en la calle o en el club con mis amigos de la escuela o la colonia. Jugué un ratito con Mateo, pero también me aburrí porque los juguetes que tenía eran para chicos muy chicos.

Me acerqué al mostrador, pero era muy alto, así que me metí al cubículo donde estaba la recepcionista por el costado. Le dije hola y se asustó. Me dijo hola chiquitín, no te había visto. No me gustó que me dijera chiquitín, pero sabía que tenía que caerle bien, así que sonreí y le pregunté si podía poner El Zorro. Me dijo que sí, que ella lo pondría. Le dije que estaba en el canal trece. Me dijo que ya sabía, que ella tenía sobrinitos que siempre lo veían. Abrió un cajón, sacó el control remoto y puso El Zorro. Le dije gracias y volví a sentarme con mamá, pero antes de llegar se abrió la puerta de un consultorio y un hombre altísimo y flaquísimo con anteojos y un papel en el mano dijo en voz alta mi apellido.

Mi mamá se paró, agarró rápido los juguetes de Mateo, lo alzó, me agarró de la mano a mí y nos metimos al consultorio.

–¿Qué anda pasando?-, dijo el médico con una inmensa sonrisa que no le quedaba bien.

Mamá le explicó lo que pasaba, que hacía tiempo que Mateo veía los dibujitos muy cerca de la pantalla y que no quería verlos de más lejos. El médico, que ya tenía cara seria, sonrió y dijo no te preocupes, lo más probable es que el nene tuviera problemitas en los ojos. Dijo también que él lo iba a resolver. Mi mamá suspiró como respuesta. Esos suspiros que dejan salir preocupaciones.

El médico le puso una serie de lentes a Mateo y mientras tanto le pedía que identificara unos objetos que había en una pizarra. Había una casa, un paraguas, un pato y una tijera. Arriba estaban los dibujos más grandes y abajo los más chicos. Mateo pudo solo ver los dibujos de las primeras cuatro líneas, pero no de las últimas tres.

Ese fue el comienzo de una serie de idas y venidas al oftalmólogo en los que yo siempre tenía que acompañar a mamá porque papá estaba trabajando y no tenía con quién dejarme, aunque algunas veces me quedaba en lo de algún amigo de la escuela.

Recuerdo que un día llegué de la escuela con Mateo, terminamos de comer y estábamos por hacer una carrera para ver quién llegaba primero a la habitación de papá y mamá. El que ganara elegiría qué dibujitos ver. Le hacía trampa, debo admitirlo. Un nene de tres o cuatro años no tiene chance contra uno de seis o siete. Las pocas veces que ganó Mateo fue porque lo dejé ganar. Todo era para que no se diera cuenta del engaño. Después de todo, podía soportar que una de cada diez veces él eligiera qué ver. Pero ese día no llegamos ni a arrancar la carrera, porque mamá nos dijo que nos sacáramos los guardapolvos, que nos laváramos los dientes y que nos volviéramos a poner las zapatillas que nos habíamos sacado cuando entramos a casa porque teníamos que ir a buscar los lentes de Mateo.

Fuimos en el auto sapo, lo estacionamos donde siempre y caminamos las cuadras que nos separaban del médico. Mateo a upa de mamá y yo agarrado de su campera de jean.

Llegamos, esperamos en la sala un rato viendo El Zorro porque Laura, la recepcionista de quien ya me había hecho amigo, ya sabía lo que nos gustaba ver y siempre ponía El Trece cuando llegábamos. Minutos después se abrió la puerta del consultorio del Dr. Carlos y se escuchó nuestro apellido. Entramos, mamá se sentó con Mateo a upa y yo me quedé parado pesándome en una balanza que tenía el aspecto de una abeja. El Dr. Carlos le puso los anteojos a Mateo. Eran esos con marco de goma, de los que les ponen a los más chicos para que no los pierdan ni se les rompan. Mateo se quedó callado. No dijo nada en ningún momento. Solo habló cuando el Dr. Carlos le hizo la prueba de los objetos. No solo venía los que estaban en la cuarta línea como la primera vez que fue, sino también todas las demás.

Mi mamá le preguntó si le pasaba algo, que por qué no decía nada, pero el Dr. Carlos le explicó que quizás estaba asustado, que no se preocupara, que le diera tiempo.

Cuando salimos a la calle mi hermano, a upa de mi mamá, estaba sonriendo. Lo primero que dijo es mirá, mamá, mirá los colectivos. Lo segundo que dijo fue, mirá, mamá, mirá esa juguetería, lo tercero que dijo fue sos muy linda, mamá.

Outro

Hola, ser del bien, ¿cómo estás? Hace mucho que no te enviaba un texto de ficción. No sé cómo decirle así que le digo texto. Estimo que cuento funciona. Qué se yo.
Es algo que venía queriendo escribir hace tiempo, que nace de una anécdota real, pero que casi todo el resto es chamuyo.
Esta semana tenía casi todo observando cerrado, solo me faltaba algún que otro detalle, pero terminé de escribir esto, que salió de un tirón porque lo tenía en mi cabeza hace mucho, así que decidí dejar lo que tenía ya hecho para el próximo fin de semana y enviarte este cuento. No estoy convencido con el título. Veremos si sigue siendo ese o no. A nadie le importa, realmente.
Esta semana empecé a ver WeCrashed. Me la recomendó mi querido Maxi De Rito, y cuenta la historia de cómo WeWork pasó de convertirse en el unicornio que todos conocimos a un gastadero de guita impresionante por culpa de Adam Neumann, el fundador que flasheaba comunidad hippie. Como es de Apple TV+ sale uno por semana. Qué método arcáico y aburrido que no te permite viciar. Igual son episodios larguísimos, así que tampoco es que la podés terminar en un domingo como sí pasa con algunas un poco más cortitas.
Sigo yendo al gym como siempre, pero me está costando un huevo, así como también continuar ordenándome con la comida. Llega el frío y los guisos, el vinito, el whisky y el chocolate me llaman. Voy a ver si logro encontrarle la vuelta. Tampoco es que me haga demasiado problema. Veremos.
Como siempre te digo, observando es gratis, pero no barato. Si querés ayudarme de alguna manera, podés suscribirte para hacer un aporte mensual, podés comprarme un cafecito o simplemente recomendarlo en tus redes sociales. O no hacer nada. Siempre es una opción, también. Fijate cuál te sienta mejor.
En fin. Espero que te haya gustado lo que escribí.
Te mando un abrazo y hasta la semana que viene,
Axel

¿Querés modificar la manera en la que recibís observando?
Podes actualizar tus preferencias o desuscribirte.