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Por Axel Marazzi

1. "Una definición de Generación Beat", por Allen Ginsberg

Allen Ginsberg se convirtió, junto a Jack Kerouac, en una de las voces más importantes de la Generación Beat, esos pibes desclasados, sin rumbo, y que buscaban pasarla bien –aunque por suerte después se terminaron tirando para el lado del budismo porque sino hubieran terminado todos muertos pasados de falopa–.

Howl fue lo que lo convirtió en una estrella. Hablar de este poema resulta trillado, pero qué potencia tiene la línea de apertura (“Vi a las mentes más brillantes de mi generación destruidas por la locura”) y qué increíble es poder escucharlo leído por el mismo autor. Pero considero que su capacidad de escribir poemas no era su mayor dote. Lo que hacía de una manera única era observar lo que sucedía a su alrededor. Observar a las personas que tenía cerca y analizar cómo eran, cómo vivían, cómo trabajaban, qué los cautivaba, qué los deprimía. Ginsberg, en ensayos y relatos que escribió durante el auge de los beats en San Francisco, pudo detallar perfectamente contra qué luchaban, qué soñaban y qué esperaban de la vida esos pibes que habían crecido en los márgenes olvidados por la política y rodeados de una época oscura.

Hace un tiempo me compré Prosa deliberada, un libro que recopila textos de Ginsberg donde el autor habla de drogas, de política, de la Generación Beat, y de otros escritores y amigos, entre otras temáticas. Este que dejo acá abajo se llama “Una definición de Generación Beat”, que escribió en 1982 y fue publicado por primera vez en la revista Friction.

La expresión generación beat surgió en una conversación específica con Jack Kerouac y John Clellon Holmes alrededor de 1950 o 1951, cuando, mientras discutíamos la naturaleza de las generaciones y recordábamos el glamour de la generación perdida, Kerouac dijo: "Ah, esto no es más que una generación beat". Discutieron si se trataba de una generación "encontrada", algo que Kerouac mencionó algunas veces, o de una generación "angelical" y/o varios otros epítetos. Pero Kerouac desestimó la conversación y dijo "generación beat" sin buscar ponerle un nombre a la generación, sino desnombrarla.

El celebrado artículo de John Clellon Holmes, publicado en la revista del New York Times a fines de 1952, llevaba por título "Esta es la Generación Beat". Y captó la atención del público. Luego Kerouac publicó en forma anónima un fragmento de En el camino en New American Writing, una antología de la década del cincuenta, titulado "Jazz de la Generación Beat", lo que reforzó esta frase curiosamente poética. Esa es la historia de la expresión generación beat.

Herbert Huncke, autor de The Evening Sun Turned Crimson y amigo de Kerouac, Burroughs y otros miembros de ese círculo literario de los años cuarenta, la introdujeron a lo que entonces se conocía como lenguaje hip. En ese contexto, la palabra beat es un término carnavalesco "subterráneo" (subcultural), un término común en el Times Square de los años cuarenta. "Amigo, estoy beat", significaba que no tenías dinero y no tenías un lugar donde quedarte. También se podría referir a los que "caminaron toda la noche con los zapatos llenos de sangre sobre los bancos de nieve en los muelles esperando que una puerta se abriera en el East River hacia una habitación llena de vapor caliente y opio". O también en una conversación: "¿Te gustaría ir al zoológico del Bronx?" - "No amigo, estoy beat. Pasé toda la noche despierto". Entonces, el uso original en las calles significaba estar exhausto, en el fondo del mundo, mirando hacia arriba o desde afuera, insomne, con los ojos abiertos, perceptivo, rechazado por la sociedad, solo, entregado a tu saber callejero. O, como lo que antes significó, acabado, arruinado, completado, en la noche oscura del alma o en la nube de lo desconocido: "abierto", según el sentido whitmaniano de "apertura", equivalente a humildad, de modo que fue interpretado en varios círculos como vaciado, agotado y al mismo tiempo abierto - perceptivo y receptivo a una visión.

Un tercer significado del término, "beatífico", fue articulado por Kerouac en 1959, para reaccionar al abuso de ella en los medios (donde había sido interpretada como derrotado, un "perdedor" sin siquiera un aspecto de humilde inteligencia, o como beat, en el sentido del ritmo de los tambores y el ritmo que continúa: variados errores con respecto a la interpretación o la etimología). Kerouac intentó señalar el significado correcto de la palabra al señalar la raíz - "beat" - como parte de beatitud o beatífico (alrededor de fines de los años cincuenta), aunque ya se trataba de una comprensión básica de la subcultura (alrededor de mediados de los años cuarenta): él intentó aclarar su intención beat como beatífico, como la necesaria beatness y oscuridad que precede la apertura hacia la luz, sin ego, dejando la puerta abierta a la iluminación religiosa.

Un cuarto significado es el de la Generación Beat como movimiento literario. Este fue un grupo de amigos que trabajaron juntos en poesía, prosa y conciencia cultural desde mediados de los años cuarenta hasta que el término se hizo popular en todo el país a finales de los años cincuenta. El grupo consistía en Kerouac y el prototipo del héroe de En el camino - Neal Cassidy; William Burroughs, autor de El almuerzo desnudo y otros libros; Herbert Huncke; John Clellon Holmes, autor de Go, The Horn y otros libros, y yo, Allen Ginsberg; conocimos a Carl Solomon y a Philip Lamantia en 1948; nos encontramos con Gregory Corso en 1950 y vimos por primera vez a Peter Orlovsky en 1954.

Hacia mediados de los años cincuenta, este pequeño círculo, a través de la afinidad natural de pensamiento o estilo literario o perspectiva planetaria, aumentó en amistad y empeño literario con un grupo de escritores en San Francisco que incluía a Michael McClure, Gary Snyder, Philip Whalen y un gran número de otros poderosos poetas, pero menos conocidos, como Jack Michelin, Ray Bremser o el más conocido, LeRoi Jones.

El quinto significado de la expresión generación beat es la influencia de las actividades literarias y artísticas de poetas, realizadores cinematográficos, pintores, escritores y novelistas que trabajaban concertadamente en antologías, editoriales, cine independiente y otros medios. Algunos efectos de los grupos antes mencionados refrescaron una cultura bohemia que ya contaba con una larga tradición (en cine y en fotografía, Robert Frank y Alfred Leslie; en música, David Amram; en pintura, Larry Rivers; en poesía, Don Allen, Barney Rosset y Lawrence Ferlinghetti), que se extendía a camaradas artistas como Susan Sontag y Norman Mailer y al movimiento juvenil de esa época, que por entonces reía y fue absorbido por las masas y por la cultura de la clase media de fines de los cincuenta y comienzo de los sesenta. Estos efectos pueden ser caracterizados en los siguientes términos:
  • liberación espiritual, "revolución" o "liberación" sexual, es decir, liberación gay, liberación negra, liberación de las mujeres, activismo de los Panteras Negras, etcétera;
  • liberación de la palabra contra la censura;
  • desmitificación y/o descriminalización de algunas leyes contra la marihuana y otras drogas;
  • la evolución que va del rhythm and blues al rock 'n' roll y luego a una forma de arte elevada, de la que son prueba los Beatles, Bob Dylan y otros músicos populares influidos a fines de los cincuenta y durante los sesenta por las obras de los poetas y escritores de la generación beat;
  • la masificación de una conciencia ecológica, propuesta temprana y enfáticamente por Gary Snyder y Michael McClure;
  • la oposición a la civilización de la maquinaria industrial-militar, como se señala en las obras de Burroughs, Huncke, Ginsberg y Kerouac;
  • atención a lo que Kerouac llamó, siguiendo a Spengler, "religiosidad secundaria" que se desarrolla dentro de una civilización avanzada;
  • respeto por la tierra y las personas indígenas y las criaturas, tal como lo proclamaba Kerouac en un eslogan que forma parte de En el camino: "La tierra es cosa de los indios".
La esencia de la expresión generación beat puede ser encontrada en otra celebrada frase de En el camino: "Todo me pertenece porque soy pobre".

2. La cabeza de Mariana Enríquez

A Mariana Enríquez no la leí tanto. Me clavé un par de cuentos y Éste es el mar, una novela sobre musas, monstruos y los rockstars, pero es una escritora tan prolífica, con varios libros de cuentos y tres novelas más en su haber, que todavía me queda un montón por disfrutar de esta artista que, probablemente, sobre todo después de la publicación de Nuestra parte de noche, que fue un éxito abrumador en todo el mundo, es una de las más importantes de la Argentina en la actualidad.

Hace tiempo una amiga me recomendó mirar el episodio de Caja Negra de Enríquez, este ciclo de entrevistas de Filo que lleva adelante Julio Leiva con tanta altura. Entrevistas que, con preguntas certeras y una clara investigación, alcanzan niveles de, en la mayoría de los casos, una gran profundidad. La edición de Enríquez dura una hora y cuarto, es larga, pero se pasa rápido si nos gustan esos contenidos donde los escritores se explayan con soltura y no solo hablan de su vida, su infancia, su adolescencia y crecimiento y cómo su vida terminó convirtiéndolo en la persona que es hoy, sino también sus procesos de escritura, cómo trabajan con su arte.

Hay tantas partes interesantes de la entrevista que resulta complejo resaltar una en particular, pero me quedo con dos: sus obsesiones y su manera de mirar al mundo en relación a la decisión que tomó de no tener hijos.

La primera me resultó, de alguna manera, tierna. El periodista le pregunta cuáles son sus obsesiones actuales y ella, como si fuera la pregunta más normal del mundo, empieza a enumerar una gran lista de temas: “Mis obsesiones tienen que ver en general un poco con la escritura… digo un poco porque después se termina juntando todo. Después con la música y en general algún personaje, que puede ser un actor, un escritor. En literatura estoy empezando a escribir una novela que va a ser claramente una novela de fantasmas, así que ahora estoy obsesionada con fantasmas: veo películas, quiero verlos, juego a la ouija. En cuanto a música… estoy escuchando mucha música country. No sé por qué. Es como una especie de nostalgia de una vida que no viví. Y después estoy obsesionada con un actor que se llama Caleb Landry Jones”.

Con esa frase “rompe el hielo” la escritora. Y me resulta espectacular porque si alguien me preguntara hoy cuáles serían mis obsesiones, quizás solo podría contestar una. Dos si miento un poco. Me parece fantástico que ella tenga una lista tan extensa a mano y cómo esa lista influye directamente en su obra, porque explica que tanto la música country se podrá “escuchar” en su nueva “obrita” y cómo Landry Jones será, o al menos tomará mucho para crearlo, el protagonista de su obra. ¿Cuál sería la música de su próxima novela si no se hubiera obsesionado con el country? ¿Cómo sonarían las novelas de Murakami si no fuese tan fanático del jazz o de The Beatles?

Otra es cómo explica su decisión de no tener hijos:

Yo nunca quise tener hijos y no tengo. No tener hijos te prolonga un poco la juventud mental. Primero porque no tenés esa responsabilidad afectiva. La gente siempre te dice "pero te estás perdiendo un amor terrible…". Sí, ya sé, un montón de cosas me pierdo. Esa también. Elijo perdermela. No tengo ganas de tener esa relación tan intensa con nadie. Menos con una criatura. Me parece demasiado compromiso. Demasiada responsabilidad.
Pero también, sobre todo hacia el final, se empieza a armar una especie de master class de cómo ella arma los relatos de terror. Cómo ha tomado herramientas que le dieron otros autores, como Stephen King por ejemplo, para poder crear sus relatos. Cómo toma situaciones de la realidad, como miedos sociales, para darles una vuelta de tuerca y poder desarrollar sus obras. Cómo, por ejemplo, toma la pobreza y el miedo de caer en ella de la clase media latinoamericana en general pero argentina en particular.

Tanto si leíste algo de Enríquez y la amás como si no la conoces demasiado, es una entrevista profundamente interesante si querés entender a una de las voces más potentes de la literatura de nuestra generación.

Algo que no sabía, pero que resultaba obvio si lo pensaba dos segundos: es fanática de Nick Cave como nosotros. Bah, creo que mucho más que nosotros. Solo un datito de color.

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3. WeCrashed

La historia de WeWork es espectacular. Una pareja de limados logró, basando su discurso en el cliché del emprendedor tecnológico que quiere cambiar el mundo sumado al yogui que intenta mejorarlo a través del yoga, convencer a algunos de los inversores más importantes del planeta a inyectarle una cantidad de dinero brutal a su emprendimiento para, así, “elevar la conciencia del mundo”. Parece una boludez, pero así lograron crear una empresa que llegó a tener una valuación de u$s 47.000 millones. Tan insólito como lo lees.

WeCrashed es, justamente, la serie de TV que cuenta el astronómico ascenso y brutal caída en desgracia de WeWork y las dos personas más importantes dentro de la empresa: Adam Neumann, el fundador, y Rebekah Neumann, su esposa y la gurú espiritual de Adam.

La serie es espectacular por muchos motivos –siendo el principal las actuaciones únicas de Anne Hathaway y Jared Leto–, pero lo que más me atrajo a mí es que nos muestra un poco cómo funciona Silicon Valley. Cómo algunas personas, con solo la capacidad de convencer, de comprar a través de discursos trillados que tienen como base cambiar el mundo, logran que otros les bajen una torta de dinero que no podemos ni imaginar.

Cómo Neumann, solo flasheando que si querría cambiar el mundo podría hacerlo (cómo vas a elevar la conciencia del planeta a través de alquilar oficinas es algo que no me entra en la cabeza), convenció a alguien como Masayoshi Son, el multimillonario CEO de SoftBank, probablemente una de las mentes más lúcidas del mundo de la tecnología y que invirtió en empresas como Alibaba o Uber, es quizás lo que más me apasionó de la serie. Y me pareció interesante porque me demostró que estos inversores, que yo imaginaba como personas frías, calculadoras y que se rigen siempre por los datos, no son tan así y, muchas veces, toman decisiones basándose en lo que sienten en relación a un proyecto o persona. Masayoshi sintió que Adam iba a hacer que WeWork se convirtiera en el nuevo Amazon. Sintió que su negocio le iba a dar un retorno brutal a su inversión. Sintió mal.

Por momentos me recordó un poco a la historia de Elizabeth Holmes de Theranos. Solo que en este caso Neumann tuvo la suerte de no dedicarse al mundo emprendedor de la salud, que es mucho más delicado que el del coworking.

En pocas palabras: es la historia del clásico emprendedor excéntrico que anda descalzo por la oficina y que, en este caso, sale mal. Muy mal.

4. Attack on Titan

Hace algunas semanas no sabía qué ver. Fue justo cuando se anunció la nueva temporada de Attack on Titan, una de las series de anime más importante de los últimos tiempos. Le pregunté a un amigo que es muy fan de este tipo de producciones si valía la pena y me dijo que sí, así que fui por ella.

Hay dos versiones de este tipo de shows que me gustan: aquellas que son más filosóficas, que constantemente te están interpelando y hacen pensar, y las otras que son más de aventura que intentan divertirte y que pases un momento divertido. En la primera categoría se podrían ubicar algunas como Death Note o Evangelion. En el segundo grupo entraría Attack on Titan.

El show trata sobre un mundo post apocalíptico en el que la humanidad se vio obligada a recluirse en ciudades amuralladas porque “afuera” hay gigantes que se comen a los humanos. La humanidad hace 100 años que no tiene problemas y vive tranquilamente detrás de esas inmensas paredes, hasta que aparece un gigante “especial” que puede atravesarlas. Ahí todo se va al carajo.

Lo único que me la bajó un poco es que hay episodios de esos que son puro flashback que usan el recurso del recuerdo para explicarte cosas de la trama, pero en general es una producción que me divirtió mucho, con la que me enganché y que vale la pena.

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"Los libros son para recordarnos lo estúpidos y tontos que somos".

— Ray Bradbury, Fahrenheit 451

Otros enlaces

  1. Salió el especial de 2021 de Tiranos Temblad.
  2. Wolfgang y Helene Beltracchi son dos falsificadores de arte que estuvieron presos después de haber sido descubiertos. Acá cuentan la historia.
  3. ¿Cuál es el postre más viejo de la historia?
  4. Hoy, en personas que sí: Usain Bolt.
  5. No sé por qué me pintó hacer la siguiente pregunta en Twitter: “Si fueran a adoptar una mascota, ¿qué nombre le pondrían?”. Creo que gana “Milanesa”. Todos pensarían que se llama “Mila”, que es como le diría, pero unos pocos sabrían la verdad.
  6. El perfil que hizo mi querida Romi Zanellato para Coolt sobre la Coca Sarli es precioso.
  7. Un drone muestra cómo trabaja la fábrica de Tesla en Berlín.
  8. Los videos imposibles de Zach King.
  9. El perro más viejo del mundo se llama TobyKeith, vive en Florida, y tiene 21 años.
  10. Chewbacca hablaba en inglés durante las grabaciones para ayudar a los actores con quienes interactuaba, sobre todo Harrison Ford, a poder reaccionar correctamente.
POEMA DE LA SEMANA

 

El misterio de las peras

Me puse a mirar las peras. Pinté esas peras,
las pinté como eran. Esperé a que las peras
revelasen su misterio. Cinco peras amarronadas
en un bol blanco con rajaduras, reblandecidas,
llenas de cicatrices, sonrojadas de amarillo
en la oscuridad palpitante. En su traje de gala
resplandecen. Las colgué en la pared.
Precisas. Como un hito. Van a estar a gusto acá.
Me parece que van a estar a gusto acá.

– Richard Siken

Outro

Hola, ser del bien que llega hasta el final de observando, ¿cómo va? Yo todo bien. Tuve una semana movidita, pero por buenas noticias, así que no me puedo quejar.

Estoy con un problema de adicción a la canción “Wait a Minute!” de Willow. Creo que sin querer hizo la canción perfecta. Igual me pasa lo que siempre. Amo tanto algunas canciones que las quemo muy rápido. Rompo todo lo que toco, lo sé. Si usas TikTok probablemente la conozcas, porque es de esos temas que se viralizó mucho en la red social. Si no la conocés, te obligo a darle play. Bueno, obligarte quizás sea mucho. Te recomiendo que le des play. Ahí mejor.

Esta semana salió una nueva edición del newsletter mensual que hago para Patagonian. Quizás te interese porque escribí sobre un problema grave que enfrentan las criptomonedas, que es el uso energético. Pero, por suerte, hay una posible solución delante nuestro, que es el Proof of Stake, que reduciría el gasto energético de las transacciones en un 99.95% cambiando el panorama completamente en el caso de las crypto que utilicen la blockchain de Ethereum. Puede parecer un poco técnico así resumido, pero lo hice lo más explicativo posible. Si les cabe, se suscriben o hay tabla.

Con Maca no sabíamos qué podíamos ver y nos cruzamos con muchas personas recomendando Severance, una producción de Apple que nos está volando la cabeza. No vimos mucho todavía, solo dos o tres episodios, pero tiene una propuesta interesantísima: personas que para trabajar en una empresa tienen que realizarse un procedimiento quirúrgico que disocia su cerebro. Ese procedimiento no les permite recordar lo que hacen en sus trabajos cuando están en sus vidas “reales” ni tampoco recordar sus vidas “reales” cuando están en sus trabajos. Es espectacularmente filosófica, compleja por momentos, pero te hace pensar un montón, cosa que no me pasa hace bastante con una serie. Ya te contaré más sobre eso cuando la termine.

Bueno, te dejo para que seas feliz. Espero que tengas comidita rica de domingo por delante, planes con gente que querés mucho o, la que muchas veces juega en primera días como hoy, quedarse en la camucha viendo series, pelis y haciendo cucharita.

Como siempre te digo: observando es gratis pero hacerlo no. Por eso, si te gusta lo que hago, podés ayudarme aportando mensualmente, comprándome un cafecito o simplemente recomendando el newsletter a la gente que sientas que le puede interesar.

Te mando un abrazo gigante.

Gracias por estar siempre,

Axel

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