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Por Axel Marazzi

1. Hebe y los premios

El texto que te compartí la semana pasada de Agota Kristof, contrariamente a lo que hubiera imaginado (no porque fuera malo el texto, todo lo contrario, sino porque tenía mucho que ver con la escritura, con el oficio de escribir), tuvo una llegada increíble. Muchas personas me contestaron diciéndome que comprarían Claus y Lucas, otros tantos lo comentaron en redes sociales y dos personas me preguntaron si no tenía más textos sobre el oficio de escribir.

Hablando con Mica, una gran amiga lingüista, le pregunté si no recordaba algo similar al texto de los adjetivos de Agota, algo que le hubiera volado al cabeza en sus épocas de estudiante. Lo primero que se le vino a la cabeza fue lo primero que se le viene a la cabeza a muchas personas que aman leer y escribir: Hebe Uhart.

Aunque no leí tanto a Hebe, ya he hablado sobre ella en observando. Compartí, recuerdo, “Guiando la hiedra”, un cuento autobiográfico donde Hebe empieza relatando su relación con las plantas, cómo las cuida, cómo las guía, cómo les habla o las putea y lo relaciona con su vida cotidiana, con cómo fue creciendo y dejando problemas innecesarios de lado para vivir una vida más tranquila, más pacífica. Como, justamente, sus plantas.

Y como los buenos textos son clases de escritura en sí mismos –la escena de Claus y Lucas es una masterclass sobre la adjetivación en la literatura y por qué, al menos Kristof, considera que eso está mal–, decidí dejarte algunos párrafos del discurso que dio Hebe cuando ganó el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas en 2017 que me parecieron inmensos.

No sabés lo que me costó no poner el discurso completo, porque es precioso por donde se lo mire, pero era un poco largo, así que decidí seleccionar los párrafos que más disfruté.

Me intrigan las fronteras y el habla de las mismas, por ejemplo en San Juan, Argentina, yo había oído decir "Se cree el hoyo del queque" (Viene a ser el centro de la torta y se dice de alguien muy pagado de sí mismo). Y en Santiago también lo escuché. Mucha gente de San Juan veranea en Reñaca y los de Mendoza en Viñas, por la cercanía. Pero lo que me llamó la atención en el sur, sobre todo en Puerto Varas y Pucón es que mientras que en el centro de esos pueblos prima la madera clara, en casas e iglesias, como si hubiera una vocación de brillo, en los alrededores donde habitan en general los criollos, es todo más oscuro, más sombrío (El mismo fenómeno se da en la Argentina, en Bariloche y el Bolsón, en Bariloche la catedral parece la casita de Heidi y si vamos más allá, hay como una búsqueda de sombra). Me viene a la memoria una visita remota a Santa Rosa, capital de la Pampa, provincia despoblada si las hay. Fui como acompañante de otra escritora. Ella a la noche miró por la ventana de la habitación del hotel, que era y sigue siendo el Cafulcurá, coloso de 9 pisos rodeado de chatura, y al ver las escasas luces de la ciudad dijo: "Ay, Hebe, ¡qué desolación! Voy a pedir un whisky". Como soy suburbana y algo entiendo de edificios chatos, luces débiles y hábitos pueblerinos le dije "No, no te lo van a traer". Efectivamente, no se lo trajeron. Ella era una porteña típica y en Santa Rosa a las once de la noche suelen dormir. Pero mi aprendizaje del lugar no terminó allí, fui con un poeta coplero, moreno criollo, a ver su casa donde vivía con su mamá: la casa tenía las paredes pintadas de color rosa viejo, con los colores de los pintores de cuadros del siglo XIX. La casa por dentro era umbría, despojada, una especie de refugio. A la mamá del poeta la habían invitado a una cena en el hotel Cafulcurá pero no iba a ir porque consideraba que al ser un edificio tan alto se iba a marear. Tan ajeno le resultaba, que una posible descendiente de Cafulcurá se niega a ir al hotel que debió serle próximo. Y volviendo a Chile me pregunto, ¿qué hace en Valdivia, que es todo un conjunto armónico de jardines y techos rojos ese hotel tan moderno, tan futurista, con unas puntas retorcidas en la cima, como si estuvieran allá arriba angustiadas? Ese edificio desentona. Y entonces pienso si no serán nuestros países desiertos poblados un poco a las apuradas en afán de progreso. Perdón por las disquisiciones arquitectónicas, pero Platón consideraba que si el entorno de las personas era bello y armonioso, digamos, las personas también iban a tener pensamientos buenos y armoniosos. Yo también lo creo.

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Un premio apela a la importancia de una persona, en este caso de un escritor, pero un escritor lo que más quiere es escribir bien, lo mejor que pueda. Pienso y siempre pensé que la conciencia de la propia importancia conspira contra la posibilidad de escribir bien, más aún, pienso que la hipertrofia del rol le juega en contra a un escritor y a cualquier artista. Cuando veo que alguien hace gala de su rol, sospecho que no escribe bien. Y no soporto los cuentos en que los protagonistas son escritores, ni las películas sobre el tema. En relación con la importancia de lo que hace el que escribe entra en un terreno resbaladizo, porque debe tener conciencia de que no se trata de una lista de compras, pero no debe notarse para nada que lo que hace es importante. Katherine Mansfield lo decía de un modo delicioso: "¿Por qué será que cuando un párrafo me sale bien me inflo tanto que el siguiente me sale mal?".

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A mí me parece que se idealiza demasiado a los artistas, se tiende a ver su oficio como algo oculto y misterioso, como si no fueran de la misma pasta que los otros hombres. En mi caso han colaborado mis padres, que me dieron bien de comer y me hicieron dormir a una hora conveniente dándome una regularidad que hacía posible que yo leyera tranquila, nunca me elogiaron mucho lo que ahora considero algo bueno, poco estímulo, librada a mi libertad. También incidieron en mi proceso de escritura mis amigos, que me escucharon y me leyeron, y en el caso de los libros de crónicas las personas que entrevisté y las que me ofrecieron contactos, con ellos me siento en deuda, no los he nombrado o agradecido como me parece que era mi deber. También me ayudó la escuela y la facultad donde me he enterado de muchas cosas. También un poco de suerte para poder editar.

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Esta explicación debe ser tomada con pinzas, porque un escritor, y sospecho que a la mayoría de las personas le pasa igual, no sabe la razón de sus actos y decisiones. Estas explicaciones sirven más bien para las entrevistas, donde uno se pone a pensar arduamente por qué eligió tal camino y no otro. En general lo que sí tiene un escritor es como un radar que lo lleva a través de lecturas, imágenes, pensamientos hacia el lugar, tema o ser hacia el que quiera ir, pero no sabe más. Las explicaciones son para salir del paso. Alguien dijo: "La crónica sirve para dar voz a los que habitualmente no la tienen" y eso es cierto, tienen prensa los deportistas, los políticos, los artistas, pero hay un montón de gente que está como oculta. Eso es cierto, en las crónicas se vuelven protagonistas personas de pueblos chicos, comunidades indígenas. En todos esos lugares sólo he atisbado, curioseado y sólo me queda eso, haber asomado la nariz, nomás. He tratado de registrar el lenguaje, los modismos regionales y lo que esto implica: Una forma de ver el mundo. Y también a veces logré tener un registro de la forma mía de ver el mundo. Una vez en el mercado de Bariloche encontré vendiendo anteojos de sol a tres negros de Senegal (A la Argentina han venido muchos y están en todo el país). Les hice anotar en un papel su nombre, uno se llamaba Modoro Batal, pero quise interpelar al mayor de ellos, que tenía una cara más elaborada, como de hombre reflexivo, y le pregunto: ¿Cómo te llamás? Black- Me dijo- Cuando estaba por preguntarle incautamente si su mamá le había puesto ese nombre, al ver mi cara de asombro me dijo: "¿Y acaso en castellano no existe el nombre Blanca?" El racismo, como en este caso, muchas veces es inconsciente.
Qué pluma y qué envidia y amor siento por esta mujer y todos los escritores que a lo largo de la historia nos hicieron emocionar. Lo digo todo el tiempo de todos aquellos artistas con los que me fanatizo, lo sé, pero no deja de ser cierto.

Para cerrar, algo que me pareció hermoso –aunque a ellas no les gustaría que “hermoso” sea la forma de describirlo–. Tanto Agota como Hebe coinciden en algo: usar adjetivos a la hora de escribir está mal. Agota lo hizo a través de Claus y Lucas y Hebe a través de su decálogo. Uno de los puntos de ese decálogo dice: “El adjetivo cierra, la metáfora abre”.

 

2. Argentina 1985

No me acuerdo cuándo fue la última vez que había ido al cine. Un par de años antes de la pandemia seguro. Por ese motivo cuando Maca me propuso ir con unos amigos a ver Argentina 1985 al Gaumont, un poco me emocionó la idea. No iba a ese cine desde que estudiaba periodismo hace muchos, muchos años, así que fue lindo volver a un lugar al que había ido cuando era otro.

Creo que el film, al estar disponible no solo en cine sino también en plataformas de streaming, ya fue visto por muchísimas personas, así que hablar de la película, más cuando se trata de un hecho tan comentado en la Argentina, no tiene tanto sentido. Sí lo tiene, creo, contarte por qué me pareció no solo increíble, sino necesario.

Necesario porque la memoria es la única forma de poder entender qué hicimos mal en el pasado para no volver a repetir los mismos errores. Y el arte funciona, entre tantísimas otras cosas, para eso, como lo demuestra no solo esta obra, sino miles a lo largo de la historia.

Lo primero que pensé, y más tarde le dije a las personas con las que fui a ver el film, es que menos mal que las aquellos que están ligados al arte tienen esa memoria tan presente. Que menos mal que haya personas que todavía estén dispuestas a revivir algo tan duro para, de alguna manera, seguir abriéndole los ojos a los demás.

Es una película durísima que te va a hacer llorar constantemente. Por tristeza principalmente, pero también por admiración a todas las personas que, incluso con el miedo de sentir la amenaza constante, intentaron cambiar las cosas sin que nada más importe, como es el caso de las madres y abuelas o aquellos profesionales que llevaron adelante el juicio.

Son obras que hay que ver.

 

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3. The Playlist

En los últimos tiempos desde Hollywood se dieron cuenta que había un mercado que no estaban explotando a nivel series de TV: el de las tecnológicas. Si bien hay muchas producciones que relatan el nacimiento de grandes compañías, como es el caso de The Social Network y Jobs entre varias otras, las producciones para la pantalla chica se habían quedado. Pero viste como es la industria. Cuando se dan cuenta que pueden hacer guita, rapidito se ponen a tiro. Así es como ya tenemos Super Pumped, que cuenta la historia de Uber, The Dropout, la de Theranos, WeCrashed, con el bardo de WeWork, y varias otras que hay dando vueltas en las plataformas de streaming.

La última que sacó Netflix, The Playlist, era una que estaba esperando mucho porque cuenta una historia que atravesó muchos problemas: la de Spotify. Me interesaba por muchos motivos. El primero es que vi nacer a Spotify y cubrí, desde ese momento, su crecimiento y evolución. Cuando Spotify llegó al mercado yo escribía sobre, entre otras cosas, cultura, tecnología y música para Hipertextual. Todo lo que tenía que ver con ese startup me alucinaba: un emprendimiento que había nacido fuera de las fronteras de Silicon Valley y que llegaba para moverle el piso a la piratería. O al menos esa era su intención, además de la de liberar la música para que todos, incluso sin pagar, pudieran disfrutarla.

En ese momento la piratería era un tema central del que todos hablaban constantemente. The Pirate Bay, que había nacido de la mano de tres hackers suecos, estaba en el centro de la escena. Sus creadores y fundadores eran noticia todos los días. No es casualidad que Spotify, también, haya nacido en Suecia. El creador de la compañía veía, una y otra vez, un problema que no tenía solución: el de los derechos de autor y las regalías. Y así fue como se sentó a pensar qué podía hacer para, primero, crear un servicio que tuviera toda la música del mundo disponible a un click de distancia y, segundo, que pudiera ser rentable para las discográficas y los artistas. Sabemos cómo resultó la historia: Spotify se convirtió en el servicio de streaming más importante el mundo.

El cómo es lo que se cuenta en The Playlist y la manera de hacerlo me pareció fantástica. Cada uno de los seis episodios que forman parte de esta mini serie es enfocado desde el punto de vista de los diferentes protagonistas. El primero muestra la visión de su fundador, Daniel Ek; el segundo de la industria musical; el tercero desde el aspecto legal. De esta manera nosotros vamos organizando mentalmente todos los sucesos y armando el rompecabezas.

Es una serie cortita que me divirtió mucho y que cuenta la historia de uno de los emprendimientos más importantes de la historia de la tecnología que, actualmente, millones de usuarios usan todos los días. No es de las mejores, pero es interesante como documento de época.

QUOTE

"Sostener una pluma es estar en guerra".

— Voltaire

Otros enlaces

  1. Los mejores juegos de mesa según el Times.
  2. Una cuenta de Instagram preciosa que captura las plantitas que crecen en todos lados, donde nadie imagina que puede haber vida. Se llama Plantitas Obstinadas.
  3. La historia de Gummo, un hacker que pasó de vivir en un auto y cagarse de hambre de joven a minar 80 mil bitcoins en un año y medio.
  4. Para los que crecieron escuchando bandas como Slipknot, Korn, Limp Bizkit, Deftones, System of a Down, entre muchas otras van a saber aprovechar este video donde Korn toca, junto a Slipknot, “Sabotage” de los Beastie Boys’s. Dos preciosos mundos colisionan.
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  9. Hay 8 mil millones de personas en el mundo. Esta infografía muestra los países con mayor población.
  10. Un wholesome meme para cerrar la lista.
POEMA DE LA SEMANA


Contigo

¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?
Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.

¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?

– Luis Cernuda

Outro

Hola, ser del bien, ¿cómo va? Yo super, escribiendo esto el sábado a la mañana con el mate, un sanguchito de miga y Gauchito Club de fondo. Afuera hay un sol precioso, así que cuando termine de editar y cargar observando, lo más probable es que me vaya a andar un rato en bici.

Siento que la Ciudad de Buenos Aires en primavera, con estas mañanas de sol que rondan los 20 grados, es el mejor lugar del mundo. Más cuando es sábado y la calle está un poco más desierta a la mañana. Siento que un poco se va despertando a medida que la recorro escuchando música o algún podcast.

El otro día, después de haber ido a ver Argentina 1985, decidimos ir con Maca, Marce y Gal al Celta, uno de los bares notables que hay en Buenos Aires. Mientras tomábamos un vermut, comíamos unas croquetas y hablábamos de la película, se nos acercó una chica que estaba en otra mesa (tenía una remera que yo ya le había visto de SysArmy) para decirnos que leía Parsimonia, el newsletter de Maca, y observando. Noe, si estás leyendo esto, gracias. Nos hiciste muy felices. Si me viste un poco colorado es porque lo estaba. Si bien amo esas situaciones, no me dejan de dar un poco de vergüenza.

En el discurso del que te hablé más arriba Hebe nombra a una serie de escritores chilenos entre los que están Zambra y Zúñiga. Tiene lógica, ambos son de los mejores de nuestra generación. Pero no vengo a decirte eso porque seguro ya lo sabías. Lo que sí vengo a contarte es una anécdota que me reveló un gran amigo y periodista. Un escritor, cuando se emborrachaba en el medio de cualquier reunión con amigos se levantaba y, gritando, decía: “Al final ella muere y él no. El resto es literatura”. Es parte del comienzo de Bonsái, de Zambra, uno de los libros más lindos jamás escritos. Después de gritar esa preciosa y emocionante frase desaparecía sin que nadie entendiera bien qué había sucedido. Me parece una escena tan poética como su obra.

Para dentro de unas semanas te tengo guardada una lección de escritura de Agota Kristof que me pareció preciosa para compartir. Solo que no quiero quemarte la cabeza con la húngara porque entiendo que mis obsesiones no son las tuyas. Desde que leí Claus y Lucas y La analfabeta no puedo parar de consumirla. Creo que te va a gustar.

En fin, te dejo para que disfrutes de tu domingo. Como siempre te digo, recibir observando es gratis, pero hacerlo no. Si querés colaborar con la causa, podés hacerlo aportando mensualmente, comprándome un cafecito o simplemente recomendando el newsletter en tus redes así llega a más gente.

Un abrazo gigante,

Axel

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