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Por Axel Marazzi

1. Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez

No soy de leer libros gruesos. Por gruesos me refiero a esos socotrocos que tienen casi 1.000 páginas, pesan un par de kilos y que sé que, en algún momento del proceso, me voy a cansar, se me va a ir la emoción y los voy a terminar dejando. Por eso no tenía muchas ganas de empezar Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez, una novela que tenía casi 700 páginas que, además, me la habían vendido como que era de terror, temática literaria que no consumo.

Pero el tiempo pasó y cada vez más Nuestra parte de noche aparecía como protagonista en diferentes conversaciones. En mi grupo de amigos, en mi entorno familiar, en reuniones laborales. Personas con quienes comparto el amor por, en general, los mismos libros, los mismos autores, las mismas temáticas. Así que, con tiempo y sin apresurarme, decidí meterme en el mundo de los socotrocos. Después de todo, el 100% de las personas que conozco y habían leído la novela me aseguraron que era de lo mejor que se había publicado en el país en los últimos años.

Esta semana la terminé y, después de haberla estado leyendo como por dos meses, porque en el medio fui colgando un poco y agarrando otros textos, entendí la locura que había alrededor no solo del libro, sino también de Mariana.

Nuestra parte de noche es una obra maestra, una novela de época. Porque si bien la trama principal puede tocar temas ficcionales, el detrás de escena, lo que sucede en la Argentina mientras los protagonistas viven sus vidas, es un momento real y oscuro para la sociedad argentina. Oscuro como el libro que escribió Mariana.

Nuestra parte de noche tiene una trama principal y muchas voces. La trama principal es la historia de una familia de multimillonarios con integrantes en varios puntos del globo que forman parte de la Orden, una sociedad secreta que le rinde culto a la Oscuridad con una sola finalidad: encontrar la manera de vivir eternamente. Esa es la línea que atraviesa el libro, pero cuando digo que tiene varias voces es porque cada uno de los capítulos que conforman la novela es narrado por diferentes personajes que cuentan su visión, su historia, sus problemas.

Está Juan Peterson, el médium más importante que formó parte de la Orden; su hijo, Gaspar, que está destinado a convertirse también en uno; Rosario Bradford, la madre y la única persona digna en una familia despreciable; o Luis, el hermano de Juan que tuvo que exiliarse en Brasil. Estos son solo algunos de quienes se convierten en la voz narradora de la novela. Pero también hay otras personas que no forman tanto parte de la historia, al menos no de la principal, que también se encargan de revelar detalles y secretos. Es el caso del capítulo “El pozo de Zañartú”, narrado por el personaje Olga Gallardo, una periodista que va a Misiones a realizar un reportaje ligado a la dictadura cuando, de casualidad, se topa con esta historia de oscuridad, ritos satánicos y muertes.

La novela, como dije, no siento que sea de terror. Pero sí es brutal. Está llena de violencia, de imágenes despiadadas. Es una novela perturbadora. De hecho hay una escena, quizás la más espeluznante de todas, que genera malestar en el cuerpo. Hace que, de verdad, se te pongan los pelos de punta. Pero ojo, también es una novela donde hay destellos de esperanza, donde la autora nos muestra que, incluso habiendo atravesado los lugares más tenebrosos, solitarios y tristes, habrá siempre personas que estén al lado nuestro para ayudarnos a salir y permitirnos caminar por la vereda del sol.

Algo que me encantó de Nuestra parte de noche es el folclore que hay en la novela. Incluso cuando Mariana es una declarada fanática de las producciones anglosajonas, este es un libro muy, muy latinoamericano. San La Muerte, conocido por todos, está presente todo el tiempo en las páginas del libro, pero también otras historias más desconocidas para la mayoría. Como el caso del invunche, un ser que forma parte de la mitología mapuche y chilota, que tiene la cabeza doblada para atrás y aplastada con un cuerpo deforme que solo puede emitir sonidos guturales.

Si sos como yo y no solés agarrar libros tan extensos o alguien que no suele consumir literatura ligada al terror te pido que, aunque sea, empieces Nuestra parte de noche. Si no te gusta no pasa nada, la podés dejar, pero estoy casi seguro que no es lo que te va a pasar.

2. La cábala de los Guerriero

Si lees este newsletter hace algún tiempo, seguramente sabrás que quiero muchísimo a Leila Guerriero. No la conozco, aunque casi lo hice una vez, pero siento que sí.

Yo soy un poco como ella durante el Mundial. Como ella y como millones de personas en todo el mundo. Esas que no vivimos el fútbol, que no nos atraviesa, pero que cuando juega la Selección, más de la mano de Messi, nos transformamos, empezamos a heredar cábalas de amigos, crear las propias, hablar de eso todo el tiempo, amar a los jugadores y a la camiseta. Más si el resultado es una fiesta protagonizada por todo el país durante tantos días. Porque esa felicidad es contagiosa. Como le dije a amigos después que vi las imágenes (el video del drone en el Obelisco me llena los ojos de lágrimas cada vez que lo veo) nunca viví, y probablemente quizás no vuelva a vivirlo nunca, la felicidad entera de un país, la hermandad y el amor absoluto.

En la previa del partido contra Croacia, Leila escribió una de sus clásicas columnas que publica en El País sobre su padre, un hombre a quien no le interesa el fútbol, pero que hizo lo necesario para que sus hijos estén tranquilos. Para ayudarlos a ellos a que Argentina trajera la Copa.

No sé cuál fue el resultado de este martes entre Argentina y Croacia en el Mundial de Qatar — debo entregar esta columna antes — pero tengo una certeza: sé que, a la hora del partido, había un hombre caminando por un parque en una ciudad pampeana, al rayo del sol, acompañado por dos perras. El asunto es así: mis dos hermanos transformaron a mi padre en la Anticábala: le prohibieron mirar los partidos de la selección. Es su aporte supersticioso para que la Argentina gane. A mi padre no le interesa el fútbol, de modo que no verlos no le molesta. El viernes pasado, cuando la selección argentina enfrentó a Países Bajos, él estaba mirando El Padrino II, en Netflix. En un momento, porque no salían los subtítulos, manipuló el control remoto — es ingeniero químico, pero no entiende ese aparato — , salió de Netflix sin querer y el partido se presentó de súbito ante sus ojos. En ese minuto, Países Bajos hizo su segundo gol. Uno de mis hermanos apareció como una tromba, seguro de que el desastre era consecuencia de que mi padre estaba mirando el encuentro. Y, en efecto, estaba. Así que, para evitar problemas, lo echó: lo mandó a caminar al parque. Y ese hombre que se escapó de su casa para ir a buscar oro a Brasil a los 17, que nos hizo conocer la Argentina en un vehículo cargado de armas en plena dictadura, que aguantó la agonía de mi madre absorbiendo el horror para que no lo tragáramos nosotros, subió a las perras a su camioneta y se fue. No calculó que el partido duraría tanto: 10 minutos de alargue, más media hora, más los penales. Estuvo caminando bajo el sol — hacían 40 grados — hasta agotarse. Pero logró que ganaran. Así que esta es mi única certeza: ayer martes, a la hora del partido, un hombre salió a caminar con sus perras, a pleno sol, porque sus hijos todavía creen que él puede cambiar el mundo. Eso es un padre. Alguien que no duda en cumplir, en nombre de un amor que jamás confesará, la absurda extravagancia.

¿Cómo lográs, en menos de 2.000 caracteres, algo tan profundo? Para Leila es cotidiano. Si no me crees que sea cotidiano, esta es la segunda columna que escribió, la que llegó después que Argentina saliera campeón.

En noviembre de 1974, el cineasta alemán Werner Herzog recibió la llamada de un amigo desde París que le avisó de que la crítica de cine alemana Lotte Eisner, fundadora de la Cinemateca Francesa y, según el mismo Herzog, “la conciencia del Nuevo Cine Alemán”, estaba muy enferma y probablemente moriría. Herzog se dijo que eso no podía ocurrir. Tomó sus botas, una campera, una brújula, un bolso, y empezó a caminar desde Munich hasta París, 830 kilómetros de invierno europeo. Durmió en galpones, se desgarró los pies, tuvo mucho frío. La experiencia está recogida en su diario de viaje, Del caminar sobre el hielo, donde dice: “Nuestra Eisner no debe morir, no va a morir, yo no lo permito (…) No ahora, no lo tiene permitido (…). Mis pasos son firmes. Y ahora tiembla la tierra. Cuando yo camino, camina un bisonte. Cuando descanso, reposa una montaña”.

Veinte días más tarde, cuando llegó a París, Lotte Eisner estaba viva. Herzog se sentó en una silla, puso los pies en otra, la miró, le dijo: “Juntos vamos a cocinar fuego y a detener pescados”. Ella sonrió. “Por un breve y delicado momento -escribe Herzog-, algo dulce atravesó mi cuerpo muerto de cansancio. Entonces le dije: abra las ventanas, desde hace unos días que puedo volar”. Un animal potente, un hombre que realiza un acto insensato para detener a la muerte. Y la detiene. Porque Lotte Eisner no murió, no entonces. Mi padre es eso: un animal potente, un hombre. No es raro, entonces, que sus hijos crean que es alguien que puede mover las cosas del mundo, producir efectos. Hablé de eso en este periódico la semana pasada, en una columna que tuvo cierta repercusión. Allí conté que mis hermanos lo habían transformado en cábala venturosa y que él, en nombre de un amor jamás reconocido, se aplicó a la tarea.

Este domingo, cuando Argentina jugó la final de la Copa del Mundo contra Francia, hizo lo que había que hacer para continuar con la cábala absurda que le había sido impuesta: salir a caminar con sus perras por el parque durante el transcurso del partido. Me lleva 19 o 20 años. Es fuerte. Se traga la oscuridad de todos aunque él es, claro, muy oscuro. Caminó por el parque, permaneciendo en su rol de demiurgo majestuoso, concentrado en una sola idea: atraer la suerte, doblarle el pulso al destino, violentarlo, ganar. Supo de los goles propios por los gritos que llegaban desde la ciudad. Pensó que todo estaba en orden. Pero otra vez, como durante el partido con Países Bajos, las cosas empezaron a ponerse feas y llegaron dos goles de Francia. Se la vio venir, se dijo que no se iba a quedar dando vueltas hasta cualquier hora, y se fue a hacer la siesta. Mientras todo eso sucedía en la ciudad donde él vive, yo, en Buenos Aires, estaba al borde del colapso. Tiempo adicional, gol, gol. Penales. Cuando se pateó el de la victoria, di un alarido poco compatible con mi indiferencia hacia el fútbol –soy un lugar común, miro sólo los Mundiales y sólo cuando juega la selección argentina-, y lo llamé por teléfono. Todavía estaba durmiendo. No entendió qué pasaba. Cuando le conté –“¡Campeones!”-, se rió y me dijo: “Ah, qué bien. Oíme: ¿para la Navidad te parece que hagamos pollo relleno?”. Ese es mi padre. Un hombre que se aboca a cambiar el mundo mientras duerme la siesta y que, al despertar, se preocupa por el pollo relleno. Que forja a sus hijos en el oficio de estar vivos y tiene la modestia de hacerles creer que no le deben nada. Apenas terminó el partido, me escribieron muchísimas personas enviando abrazos y agradecimiento a ese hombre al que no conocen. Un hombre capaz de apartar tinieblas y decir (decirnos), desde la cuna y hasta el último grito, “No temas. Yo me ocupo”. Un padre. Reacia a las cábalas como soy, atea, descreída, sin fe, sin ilusión y sin supersticiones, yo creo en él. En el poder de ese bisonte. Así que, parafraseando las últimas líneas del libro de Herzog: “Padre, no soy la única a la que usted le dio alas. Le agradezco. Y también a ustedes, damas y caballeros, por su atención”.

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3. The Swimmers

Hay algunas películas que están buenas para divertirse, que nos hacen pasar un buen momento. Otras son necesarias para mostrarnos mundos desconocidos. Situaciones que, todos los días en diferentes puntos del globo, hay personas que están atravesando. La película The Swimmers, que relata la historia de dos hermanas que dejan Siria para escapar de la guerra y la muerte acechando constantemente, es de las necesarias.

El film cuenta cómo una familia normal tiene que romperse. Así es como empieza la aventura. Aventura de las que te hacen llorar durante prácticamente las dos horas y cuarto que dura el film. Porque esto no es una ficción, sino una realidad. La historia de Yusra y Sara, que tuvieron que atravesar el mar Egeo, parte sobre una balsa destruída y parte a nado para que esa balsa, repleta de personas, no se hundiera, es verídica.

De hecho, si sos de las personas que no disfrutan mucho de los spoilers, te diría que, primero, no veas el trailer y, segundo, no googlees el nombre Yusra Mardini porque su historia es tan famosa que vas a encontrarla por todos lados.

La película se divide en tres. Primero cuando nos explican por qué ellas deben irse, por qué dos hermanas que aparentemente tenían todo resuelto en su país de origen deciden dejarlo para convertirse en refugiadas. El motivo es simple: la guerra civil. La segunda parte es el viaje en sí mismo. Cómo, siendo solo adolescentes, dejan su país natal para convertirse en refugiadas en Europa. La complejidad del camino, encontrar alguien que las pase de manera ilegal sin que las estafen o, incluso, morir en el intento. Finalmente, cómo esas chicas, empiezan, de a poco, a dejar de ser refugiadas para convertirse en ciudadanas, en personas que tienen sus rutinas, su estudio y amistades.

Como dije un poco más arriba, es una película necesaria que nos cuenta una historia que nos hace salir un poco de la comodidad de nuestros sillones para mostrarnos una parte del mundo en el que pasan cosas durísimas todos los días. ¿Lo peor de todo? Lo que tuvieron que hacer Yusra y Sara en 2015 todavía sigue pasando hasta hoy.

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"¿Qué mirás, bobo? ¡Andá pa' allá!".

— Lionel Messi

Otros enlaces

  1. Un análisis de los mind games que usa el Dibu Martínez para sacar del juego a quienes le patean penales. Es Maquiavelo.
  2. Un pibe hizo el trailer de la final y si no se te pone la piel de gallina fijate que viniste con algo roto de fábrica.
  3. La recopilación de las mejores fotos del festejo de Argentina Campeón que hizo The Atlantic. Un fuego.
  4. Una escena cinematográfica del Mundial que tiene como protagonista a Cristiano.
  5. Vivimos en un país muy porteñocentrista y no vimos demasiadas imágenes de los festejos fuera de la zona del Obelisco. Estas de Posadas durante los festejos son soñadas.
  6. Es el perro de Messi, es el perro de Messi, es el perro de Messi, es el perro de Messiiiiiiiii”. Aguante Argentina.
  7. Todo lo que sea Tiranos Temblad merece ser citado y esta vez publicaron un especial por la Copa del Mundo.
  8. El 2022 a través de lo más googleado en el mundo.
  9. La reacción de este nene de un año viendo un perro por primera vez no tiene precio.
  10. Este perrito quiere estar cerca de su mejor amigo, un gato, a toda costa.
POEMA DE LA SEMANA


Intenciones

Quiero escribir una historia
de amor y decepción,
de contradicciones internas,
de procesos y de crecimiento.
Pero eso sería tan largo
como una novela de Almudena Grandes.

Tal vez es mejor decir esto y nada más:
cada vez que mi mirada se cruza con tu cara
sigue ahí la intención manifiesta
de acariciarla.

– Natalia López

Outro

Hola, campeón mundial, ¿cómo estás? Yo super. Terminando el año feliz. La verdad, no soy de los que hacen balances. Yo soy de uno solo: intentar ser feliz y estar tranquilo y que las personas que amo se sientan de la misma manera. Y en el 2022 fui muy feliz, estuve, en general, bastante tranquilo, y trambién las personas que amo. Si bien nada nunca es absoluto, no me puedo quejar.

Siento que ya estamos un poco lejos, pero es complicado dejar de hablar del Mundial, de ver los videos nuevos que van apareciendo, los que ya vimos cientos de veces, fotos de los jugadores, de la gente festejando. Estoy muy feliz y emocionado no solo por haber sentido lo que es ganar la final de un Mundial en un país como este, sino de haber formado parte de la felicidad colectiva que sintieron todas las personas que viven en Argentina. Caminar por las calles, ver las banderas, las remeras, las personas colgadas de cualquier lugar donde pudieran colgarse, bailando, festejando. Es emocionante y precioso. Creo que nunca voy a volver a vivir así. Incluso si ganamos otra Copa del Mundo, esta tenía el sabor de ser la primera que viví (en el del ’86 no tenía ni un año).

El otro día, cuando me crucé con la columna de Leila por primera vez en redes sociales, imaginé que iba a ser complicado que un texto me emocionara más. ¿Y qué pasó? Lo de siempre: me equivoqué. Hernán Casciari escribió uno “larguísimo” para la próxima edición de la revista Orsai sobre Messi y lo editó para poder leerlo en la radio. Es de lo más lindo que salió del Mundial y me hizo llorar como un condenado.

Estoy terminando de escribir esta edición de observando mientras mi familia se prepara para irnos a la casa de mi tío a celebrar la Navidad. No soy muy de Navidad en sí, me gusta mucho más el Año Nuevo, pero cualquier excusa para festejar con personas que queremos garpa. Yo también me tengo que terminar de preparar, así que te voy a dejar.

Sé que vas a leer esto con un poco de resaca después de los festejos. Espero que la hayas pasado increíble.

Como siempre te digo, recibir observando es gratis pero hacerlo no. Si querés colaborar, podés hacerlo suscribiéndote para aportar tu granito de arena mensualmente, podés comprarme un cafecito o compartir lo que hago en redes sociales así le llega a más personas.

Te mando un abrazo gigante. Nos vemos en quince días. Que empieces super el año.

Gracias por estar,

Axel

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