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Por Axel Marazzi

1. ¿Dónde estás que no te veo, Martha?

En la última edición te conté que iría no solo al Teatro Colón por primera vez, sino que además esa primera vez sería para presenciar el show de Martha Argerich, la pianista más importante de la historia de Argentina.

Como cuando nos decidimos a ir al show no había más entradas de las que los mortales podemos pagar sin la necesidad de vender un riñón, compramos unas que eran para ver el show desde lo que llaman Paraíso.

Este Paraíso en cuestión, sin asientos ni butacas, se ubica en el último piso del Colón y lo llamaron así porque está “cerca del cielo”. Ver el show parado no era algo que me molestara. Después de todo, podía bancarme estar de pie durante una hora y media o dos presenciando a una artista semejante.

El tema es que cuando llegamos al Paraíso nos dimos cuenta que todos los lugares desde donde se veía un poco el escenario estaban ocupados. Resumiendo, la experiencia no fue de las más felices porque solo pude ver una parte de la cola del piano de Martha. Pero su composición me gustó tanto que por más que no la haya visto, salí del Teatro con ganas de saber más sobre ella.

En casa tenemos un libro de Josefina Schargorodsky y Adriana Riva, editado por Diente de León, que cuenta, acompañado de preciosas ilustraciones, su historia.

La vida de Martha es de esas que nos imaginamos cuando imaginamos a una artista prodigio. A los siete tocaba en los teatros más importantes del país algunas de las obras más complejas jamás escritas, a los 14 migró a Viena para poder estudiar de la mano de Friedrich Gulda, un excéntrico y extraordinario pianista que es considerado de los mejores intérpretes de Mozart y Beethoven, y una lista de hitos que la llevaron a recorrer las capitales más importantes de la mano de su talento.

Pero lo que más me interesó sobre ella no es su vida artística, que es conocida y seguida por miles, sino los aspectos de su personalidad que la hacen diferente, como que viaja con un osito de peluche en la cartera, que adora hablar por teléfono, contar chistes y mirar televisión, que ama los gatos, que fumaba sin parar, y que ama comer cebolla.

Sol Mayor, como se llama el libro de Schargorodsky y Riva, abre con un prólogo que escribió Annie Dutoit-Argerich, una de sus hijas. En ese prólogo Annie cuenta cómo su madre nunca, desde que se mudó a Ginebra a los 15 años, pisó una peluquería. Desde ese momento empezó a cortarse el pelo sola. ¿Por qué? Porque, siendo niña, la obligaban a cortárselo muy cortito. Ese solo aspecto, tan pequeño pero fundacional, lo revela todo de su personalidad: una rebeldía que no solo la guió en su vida, sino también que marcó su arte.

Te dejo un párrafo de ese prólogo que me emocionó profundamente:

Ahora que tiene 81 años, mamá se deja el pelo natural: se lo sigue cortando ella misma y el mechón suelto en la frente le sigue dando los mismos problemas que cuando tenía quince. Se alisa menos el pelo y, cuando sube al escenario, parece una leona sabia con su melena plateada, que brilla bajo los focos. En cuanto a mí, todavía la reconozco de lejos, mi pequeña mami, que aún trota como una niña y hace las mismas preguntas sobre su aspecto: "¿Qué pensás de mi pelo? ¿Te das cuenta de que me lo lavé? ¿Te parece que debería teñírmelo? Me veo medio rara". Mi adorable mamá.

2. La tercera mentira, de Agota Kristof

Si sos un lector que se registró a observando hace algunas semanas, sabrás que vengo leyendo mucho a Agota Kristof. Si sos de los que llegó hace poco, te resumo: el último mes me dispuse a leer la trilogía de la autora húngara. Hablo de la que llamó Claus y Lucas y que incluye El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira.

Esta semana terminé La tercera mentira y no voy a poder hablarte del libro en sí porque prácticamente cualquier tema que toque y desarrolle es un potencial spoiler que puede, primero, cagarte la saga y, segundo, volarte absolutamente la cabeza si estás leyendo alguno de los anteriores.

Lo que voy a hacer para que te des una idea si te gustaría leerlo es contarte cómo me sentí mientras avanzaba en la lectura. Quizás quieras sentirte igual y decidas agarrar la novela. Cuando empecé La tercera mentira lo primero que me pasó es que no tenía claro si estaba entendiendo bien lo que sucedía. Si realmente estaba comprendiendo lo que me quería decir la autora o si en realidad me había perdido algo. Incluso, desconfiado de mi capacidad de comprensión, volví a releer capítulos enteros confirmando que lo que había entendido no era un error. Y cuando empezás a hacerte la idea, entender de qué viene la historia, Agota llena otro valdecito con agua muy fría y te lo tira en la cabeza dejándote boquiabierto sin entender nada de nada.

Hace tiempo que venía leyendo poco. Que agarraba cuentos, ensayos o novelas muy cortas porque no podía engancharme con nada. Es la primera vez en mucho que prácticamente no pude soltar una novela, que no solo los personajes me atraparon sino también la manera en la que lo lleva la autora, las palabras que elige, la forma en la que describe una realidad tan cruda y la vida de estos dos pibes únicos.

Y todo esto teniendo en mente que suelo mantenerme alejado de este tipo de novelas que transcurren en épocas de guerra, hambre, dolor y soledad. Sin duda es de lo mejor que leí en los últimos años y si estás en una de no saber con qué libro seguir, estoy casi seguro que este no te va a decepcionar.

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3. No me gusta leer

Hace unos días que estoy entrenando conscientemente el algoritmo de TikTok para que empiece a mostrarme contenidos relacionados a la lectura. Ese algoritmo me conoce a la perfección, sabe absolutamente todos mis gustos y lo que hago en mi día a día y, en general, me muestra videos que me parecen muy interesantes o divertidos, pero los libros, no sé por qué exactamente, habían quedado afuera de su alcance.

Así que, de a poquito, fui buscando nombres de autores que me parecen interesantes, dándole like a contenidos en los que aparecían y que tenían relación con el mundo literario y, finalmente, parece que estoy entrenando correctamente al algoritmo, porque esta semana me crucé con un video de Martín Kohan, uno de los autores contemporáneos más importantes de la Argentina, donde hablaba sobre aquellas personas que aseguran que no les gusta leer.

Esto fue lo que dijo:

Los libros son tan diversos, la literatura es tan diversa, se escribe de maneras tan diversas que me parece verdaderamente imposible que alguien no pueda encontrar, yo diría, la cifra o la clave de su placer de lector.

En ese sentido me cuesta pensar que pueda haber una verdad en la declaración "a mí no me gusta leer". Como si leer fuese una sola cosa, como si el objeto de lectura fuese homogéneo.

Estoy segurísimo que la persona que dice "a mí no me gusta leer" es porque no dio con el tipo de texto y el tipo de literatura que le va a dar placer.

No querría formularlo como forma de consejo porque el lugar de dar consejos no es uno en el que me sienta cómodo, lo pongo solamente como expresión de un hábito personal.

Me da muchísimo placer leer y no puedo sino pensar que el que no lee nada se está perdiendo algo realmente valioso.
QUOTE

"La cultura me parece una compensación necesaria ligada a la infelicidad de nuestras vidas".

— Michel Houellebecq

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POEMA DE LA SEMANA


oh sí

hay cosas peores que
estar solo
pero a menudo toma décadas
darse cuenta de ello
y más a menudo
cuando esto ocurre
es demasiado tarde
y no hay nada peor
que
un demasiado tarde

– Charles Bukowski

Outro

Hola, ser del bien que llega hasta el final de observando, ¿cómo estás? Yo muy bien, disfrutando de un fin de semana de planes y salidas con amigos. Esta época en la que de a poco el frío empieza a desaparecer para darle lugar a los días más templados me ponen de buen humor.

El Axel del pasado debe estar puteándome duro y parejo. Ese Axel era un defensor acérrimo de la Banda del Invierno. Y si bien todavía me gusta mucho el frío porque es la estación de las bufandas y los tapados, el té, el whisky y el chocolate, me convertí en un señor mayor que prefiere las estaciones ni tan calurosas ni tan frescas. La definición del tibio, digamos.

Esta semana terminé Peaky Blinders y Hustle. Me habían cansado un poco las andanzas de Tommy Shelby, pero como era la última temporada decidí verla y cerrar un ciclo. Es de esas series para ver sin poner pausa cuando vas al baño, pero no lo digo como algo negativo. No hay demasiadas cosas que puedas perderte que sean relevantes. Es un show llevadero, que tiene algunas vueltas que son divertidas, pero que se extendió más de la cuenta, como suele suceder con todas las producciones exitosas que quieren exprimir hasta sacarles el último centavo.

Y Hustle es una película de Adam Sandler que el otro día decidimos ver con Maca porque llegamos a la noche sin energía y queríamos poner algo que pudiéramos ver para pasar el rato y descansar la cabeza. Es de esas pelis de superación en la que un pibe tiene mucho talento, quiere ser estrella de la NBA, pero tiene que sortear una serie de problemas de vida complejos y ahí está Sandler, el classic coach que lo banca en todas, para llevarlo a lo más alto. Qué se yo, es una peli más del montón.

Como quizás te diste cuenta, observando la semana pasada no salió. Estuve un poco complicado de tiempos y no llegué a terminarlo. Perdón por eso. No hay muchas más excusas que la cantidad de trabajo y eventos sociales. Algunas semanas pienso en pasar a enviarlo cada dos semanas. ¿Qué pensás al respecto? Todavía no lo tengo definido. Es algo que me está dando vueltas por la cabeza hace un tiempo. Voy a dejar que madure ese pensamiento. Después te cuento.

En fin, te dejo para que disfrutes tu domingo. Yo no armé ningún plan con la única intención de descansar y, como justo hoy volvió el frío a Buenos Aires, si no me encuentran por ningún lado yo arrancaría buscando por la cama. Como siempre te digo, si bien recibir observando es gratis, no significa que sea barato. Si querés colaborar, podés hacerlo aportando mensualmente, comprándome un cafecito o recomendándolo en tus redes sociales así llega a más gente.

Gracias por estar,

Axel

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