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Por Axel Marazzi

1. Gabo odiaba Cien años de soledad

Esta semana estaba leyendo Sie7e Párrafos, el newsletter sobre libritos que hace el groso de Javier Sinay para RED/ACCIÓN, y me topé con unos párrafos increíbles sobre Cien años de soledad. La novela, que es amada por todos y se convirtió en un icono de la literatura latinoamericana, hizo que la fama del colombiano explotara. Si bien había publicado varias novelas antes, Cien años de soledad fue su gran hit. Y como pasa con muchos de esos hits, los artistas que los crean terminan alejándose de ellos. Incluso odiándolos un poco. Si todos tus interlocutores, durante toda tu vida, te hablan de lo mismo, te dicen lo mismo, es entendible que termines cansándote un poco. Y es lo que pasó con Gabo.

Admito que estoy en sintonía con él. Si bien yo no odio la novela, intenté agarrarla varias veces y todas esas veces la dejé, como me pasó con otros clásicos como La conjura de los necios, de Toole, y Lolita, de Nabokov, que son dos novelas que todo el mundo ama, pero conmigo no funcionaron.

La entrevista donde García Márquez dijo que odiaba Cien años de Soledad es una joya. El que la hizo fue el periodista Tomás García Yebra, quien trabajaba para El Semanal, un diario español que salía los domingos.

El director del medio le pidió a Tomás que fuera a Sevilla a entrevistar al escritor. El periodista le contestó a su editor que con gusto haría la entrevista, que dónde habían quedado con el escritor para que la realizara. El jefe le respondió que nadie del diario había hablado con García Márquez:

–Entonces, ¿cómo le voy a entrevistar?

–Está en Sevilla. Vete allí y habla con él.

García Yebra no entendía nada, así que su jefe le explicó: “Un periodista es un señor a quien se le dice: ¿ves ese pajarito que hay encima de aquella antena de televisión? Bien, tráemelo. El buen periodista es el que consigue atrapar al pajarito; el mal periodista es el que lo deja escapar”.

Si no conseguía la entrevista, se quedaría sin trabajo. Así que fue a Sevilla sin más que, como él lo contó, la derrota en su valija. Cuando consiguió el nombre del hotel donde se alojaba Gabo, hizo guardia en la puerta. El dios literario latinoamericano apareció a las 2 de la mañana. El potencial entrevistador sabía que la interlocución debía ser certera, como una publicidad. Esto fue lo que le dijo:

–Buenas noches, señor García Márquez. Vengo de Madrid. Soy periodista del dominical El Semanal, el de mayor tirada de España. Me gustaría entrevistarlo. Me ha dicho mi director que como vuelva de vacío me prepara la cuenta.
Esto fue lo que le contestó:
–No se apure. Mañana desayunamos juntos. A las diez le espero en la cafetería.
Así, con un poco de suerte y oficio, García Yebra consiguió no solo una de las entrevistas más interesantes que le hicieron a Gabriel García Márquez, sino una de las más importantes que hizo en su vida. Iba a recortar algunos de los párrafos que me parecieron más interesantes de la entrevista, pero es tan magistral que la pongo completa:
–Sus primeros libros, como Los funerales de Mamá Grande, La mala hora o El coronel no tiene quien le escriba, se vendieron con cuentagotas. Hasta que, en 1974, residiendo en Barcelona, publica Cien años de soledad. ¿Cómo repercutió en usted el enorme éxito de esta novela?

–Una conmoción. Y no para bien. El acoso al que he sido sometido me ha perturbado. Desde entonces mi vida ya no es la misma. No soy una persona normal. Trato de separar el antes y el después, pero resulta muy difícil: amigos a los que creía fieles han vendido mi correspondencia, la gente se te acerca y nunca sabes sus intenciones… Asimilar un éxito tan desmedido es tarea de héroes, y yo no soy ningún héroe, soy una persona bastante débil.

Se quedó unos segundos pensando.

–Antes, cuando era una persona normal y espontánea, quedaba con alguien para almorzar y bromeábamos de cualquier insignificancia y nos lo pasábamos estupendamente. Ahora, cuando llego a un restaurante, hay veinte personas esperándome, como si fuese una atracción de circo. Y no sólo eso: durante el transcurso de la comida esperan la frase inteligente, la ocurrencia magistral. ¡Agotador!

–Conan Doyle acabó renegando de Sherlock Holmes. El personaje terminó devorando a su creador. ¿Le ha ocurrido a usted algo parecido?

–Yo no reniego de Cien años de soledad. Me ocurre algo peor: la odio.

–¿Por qué?

–Está escrita con todos los trucos de la vida y con todos los trucos del oficio. Eso no lo ha sabido ver ningún crítico. Los críticos tratan de solemnizar y de encontrarle el pelo al huevo a una novela que dice muchas menos cosas de lo que ellos pretenden. Sus claves son simples, yo diría que elementales, con constantes guiños a mis amigos y conocidos, una complicidad que sólo ellos pueden entender.

–Sostiene que El otoño del patriarca es muy superior a Cien años de Soledad.

–Con diferencia. Aquí, en cambio, los críticos, ni han sabido leerla ni han sabido interpretarla. Decepcionante.

–Le decepcionan los críticos y no tiene un buen concepto de las entrevistas.

–Los críticos dicen muchas majaderías. Y de las entrevistas, ¿qué le puedo decir? No sirven para nada. Ninguna persona se deja ver en una entrevista. Responde lo que le conviene. Dígame, ¿para qué sirve esta entrevista?

–De momento, para saber qué opina de las entrevistas. Ya es algo.

Sorbió un poco de café y pidió que le sirvieran otra tostada.

La metamorfosis, de Kafka, fue un libro clave en su vida.

–Sí. Estaba en la universidad, en primero de Derecho. Debía tener unos diecinueve años. Al abrir el libro y leer: "Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en la cama convertido en un enorme insecto". ¡Coño -me dije-, así hablaba la abuela! Y pensé: "Si eso está impreso, yo también quiero ser escritor".

–Veinticuatro líneas es la media de su producción diaria.

–Escribo con máquina eléctrica y soy enfermizamente perfeccionista. Repito el folio hasta que no sobre ni falte una sola palabra.

–Perfeccionista y supersticioso.

–No soporto el mal gusto. Y el mal gusto está relacionado con la mala suerte. Los venezolanos llaman "pava" al efecto maléfico que desprenden las personas o los objetos rebuscados. Para mí, tienen pava los caracoles detrás de la puerta, los acuarios dentro de las casas, los pavos reales, el frac –por eso rechacé ponérmelo en la recepción del Nobel–, los mantones de Manila, y esas estudiantinas españolas que entran en los bares cantando…, ¿cómo se llaman?

–Los tunos.

–En efecto, los tunos. Pocas cosas hay tan pavosa como ésa.

Se acerca una chica, nos interrumpe y pide al Nobel que estampe su firma en una hoja de papel. García Márquez, con educación, le dice que no. Seguidamente le explica los motivos. La chica insiste. El Nobel se mantiene en sus trece. La chica le implora. García Márquez le vuelve a decir que no, esta vez con la cabeza. La admiradora, medio llorando, se da la vuelta y se marcha. "¿Lo ve? Nadie me trata con normalidad".

2. Todos los caminos conducen a Hebe

Hebe Uhart es una de esas personas que rebalsan de anécdotas. Todos parecen tener una con ella. Creo que se debe a que, además de haber sido una escritora increíble, fue la maestra de muchos otros escritores increíbles a través de su taller literario. No solo llenó miles de hojas de historias preciosas y frases inolvidables, sino también hizo que otros lograran lo mismo. No es poca cosa.

Esta semana me pasaron dos cosas que me llevaron a recordar a Hebe, con quien lamentablemente yo no tengo ninguna anécdota más que haberla leído –y muy poco–. La primera es que llegué, gracias a la cuenta de Twitter de la editorial Blatt & Ríos, a una historia preciosa que la tiene como protagonista. En 2017 Hebe ganó el Premio Manuel Rojas y decidió donar parte del dinero a una organización de Rosario que trabaja con familias que viven en un basural. Gracias a eso la organización pudo comprar una casa y construyó una escuela para los hijos de esas familias. Cuando donó ese dinero, que desde la editorial dicen que era mucho, se encargó personalmente de que se enterara muy poca gente. Quienes lo sabían debían respetar su deseo: que esa información no trascendiera. Hoy, años después de que Hebe falleciera, decidieron revelarlo.

Lo otro que me llevó a ella fue que el domingo pasado, después de enviar el newsletter, me escribió Franco, un lector de observando, para contarme un montón de cosas lindas sobre su rutina del domingo, cómo el newsletter forma parte de esa rutina y, además, me recomendó un texto que escribió Hebe llamado “Guiando a la hiedra”.

Es un cuento autobiográfico, donde Hebe empieza relatando su relación con las plantas, cómo las cuida, cómo las guía, cómo les habla o las putea y lo relaciona con su vida cotidiana, con cómo fue creciendo y dejando problemas innecesarios de lado para vivir una vida más tranquila, más pacífica. Como sus plantas.

Te dejo dos párrafos que me emocionaron:

…la comodidad de dejar lastre y olvidar, cuando hay tanto para recordar que no se quiere volver atrás. Ahora a la mañana pienso una cosa, a la tarde, otra. Mis decisiones no duran más allá de una hora y están exentas del sentimiento de ebriedad que las solía acompañar antes; ahora decido por necesidad, cuando no tengo más remedio. Por eso otorgo escaso valor a mis pensamientos y decisiones; antes mis pensamientos me enamoraban; yo quería lo que pensaba; ahora pienso lo que quiero. Pero lo que quiero se me confunde con lo que debo y perdí la capacidad de llorar.

***

Perdí la inmediatez que facilita el trato con los chicos y aunque sé que se recupera con tres carreritas y dos morisquetas, no tengo ganas de hacerlas, porque envidio todo lo que hacen ellos: correr, nadar, jugar, desear mucho y pedir hasta el infinito.

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3. ¿Qué es Dios?

No sé si estuviste leyendo las noticias últimamente, pero hace algunas semanas falleció el hijo de Nick Cave. Se llamaba Jethro y tenía 31 años. La noticia en sí misma es desoladora, pero todavía es más devastadora si pensamos en que, en 2015, Arthur, otro de los hijos del cantante, también murió. Había tomado LSD y se cayó de un acantilado en Brighton. Arthur tenía 15 años.

La muerte de Jethro llegó en un momento en el que me encuentra, de alguna manera, conectado con Cave. Es una voz amorosa, pacífica, que intenta unir a las personas y pregona el amor. Por ese motivo tenía tantas ganas de recibir y leer su nueva edición de The Red Hand Files, su newsletter. Imaginaba que, de alguna manera, sus palabras tocarían lo que atraviesa en esta época. Y quería saber qué piensa alguien como él a la hora de enfrentar uno de los momentos más duros en el que la vida te puede poner.

Esta vez le contestó a Sue, una seguidora de París, que le preguntó qué es, para él, Dios. Lo traduzco:

Dios es amor, por eso me cuesta relacionarme con la posición atea. Todos nosotros, incluso los que son más resistentes espiritualmente, anhelamos el amor, nos demos cuenta o no. Y este anhelo nos acerca siempre a su objetivo: que debemos amarnos los unos a los otros. Debemos amarnos. Y en general pienso que lo hacemos o vivimos muy cerca de esa idea, porque no hay prácticamente distancia entre el sentimiento de neutralidad hacia el mundo y un amor crucial por él. Casi no hay distancia. Todo lo que se necesita para pasar de la indiferencia al amor es un corazón roto. El corazón se rompe y el mundo explota frente a nosotros como una revelación.

No hay problemas con el mal. Hay problemas con el amor. ¿Por qué un mundo que es tan seguido cruel insiste en ser hermoso, en ser bueno? ¿Por qué hace falta la devastación para que el mundo revele su naturaleza espiritual? No tengo la respuesta a esto, pero sé que existe una especie de potencial que surge del trauma. Sospecho que el trauma es el fuego purificador a través del cual nosotros encontramos la bondad en el mundo.

Cada día rezo en silencio. Le rezo a todos. A todos los que no están acá. En el vacío vuelco todo mi deseo, anhelo y necesidad y con el tiempo esta ausencia se vuelve viva. Esta promesa que se sienta en mi interior en silencio es suficiente.

Esta promesa, en este momento, es suficiente. Esta promesa, ahora mismo, es Dios suficiente. Esta promesa, en este momento, es todo lo que podemos soportar.

Con amor, Nick
QUOTE

"Mi especialidad es tener razón cuando otros están equivocados".

— George Bernard Shaw

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POEMA DE LA SEMANA


Meterte en el mar

Pienso que escribir
es como meterte en el mar:
primero el agua
está helada,
pero a medida que te metés
y permanecés
se va poniendo calentita.

Pienso que también
es una forma de pasar
sin mucho dolor
por este barro.

Y también pienso
que escribir
es hablar de amor
cuando se termina.

– Silvina Giaganti

Outro

Hola, amiguito del bien, ¿cómo va todo? Espero que, si estás en Argentina, estés disfrutando a full el fin de semana largo. Yo me vine a Córdoba a visitar a Coty, la hermana de Maca. Creo que no te había contado nada del viaje express.

Estamos en Nueva Córdoba comiendo y disfrutando como si no hubiera mañana. Nos volvemos el lunes temprano, así llegamos a casa y podemos descansar un poco antes de empezar la semana a full. Ayer caminando por una calle me encontré con una especie de Sacoa (si no sabés lo que es googlealo, persona joven a quien envidio) pero de realidad virtual. Tienen boxes donde te ponen auriculares, el casco y los joysticks y vos te parás ahí a jugar. No es lo que más me atrae del mundo, pero si estamos al pedo quizás vayamos. Ya te contaré.

Franco, en el mismo correo del que te hablé más arriba, me preguntaba cómo encaraba mi relación con la poesía y cómo seleccionaba poemas para observando. La realidad es que decidí incluir la sección “poema de la semana” en el newsletter por un motivo en particular: no sé nada sobre poesía y quería empezar a meterme en ese mundo. “Obligarme” a seleccionar uno por semana para observando me hacía, al menos, arrancar esa relación.

Pero no hay una forma demasiado pensada ni coherente sobre cómo llevo adelante esa búsqueda. Durante muchos años el único libro de poesía que había en mi biblioteca fue Una temporada en el infierno, de Rimbaud. Y como no lo entendía tanto medio que no logró conquistarme el género. Años más tarde, después de haberme cruzado con algunos poetas que sí me interpelaron, como Bukowski o Ginsberg, quise empezar a descubrir ese mundo todavía oculto para mí. Y la forma que encontré es la forma que utilizo para todo en mi vida: Google.

Cuando tengo que seleccionar un poema para el newsletter me pongo a googlear y salto de página en página, empiezo varios que termino dejando y algunos que termino pero no me interpelan. En un momento, uno me emociona y así es como termina acá.

Algunas veces busco poetas jóvenes argentinos y llego a escritores como Ioshua, a quien no conocía, Walter Lescano o Silvina Giaganti. Otras arranco por algunos escritores que ya sé que me gustan, como Bukowski, Ginsberg o Whitman, y salto a otros similares a partir de ahí. Recibo recomendaciones, obviamente.

Bueno, te dejo para que disfrutes de este domingo con gusto a sábado. Espero que tengas planes lindos por delante rodeado de comida rica y personas amorosas. Como siempre te digo, si bien recibir observando es gratuito, mantenerlo no es barato. Si querés colaborar, podés suscribirte para hacer un aporte mensual, comprarme un cafecito o recomendarlo en tus redes sociales.

Permiso, me voy a comer asado y tomar Fernet.

Te mando un abrazo,

Axel

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