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Por Axel Marazzi

El tiempo no existe

Soy una persona muy estructurada. De esas personas que no solo aman su rutina, sino que persiguen respetarla. Mis días suelen ser muy parecidos unos de otros, descontando los fines de semana en los que los planes inundan la agenda. Pero después, el resto del tiempo, estoy mucho en mi casa, no veo a tantas personas aunque soy un afortunado que está repleto de amigos, y aprendí a disfrutar de la soledad y el silencio. No solo disfrutarlos, sino también añorarlos cuando no puedo encontrarlos. Pensar que hace algunos años me aterraban.

Y si bien ser alguien que respeta su rutina al máximo es algo que solía disfrutar mucho, hace un tiempo que empezó a hacerme ruido. Amo mi rutina, amo la tranquilidad que me brinda, pero al mismo tiempo siento que las cosas interesantes aparecen cuando nos alejamos de ella. Las sorpresas desaparecen si siempre hacemos lo mismo. Y eso es lo que no quiero que pase en mi vida.

En enero de 2009 el escritor Manuel Vicent publicó una columna en El País a la que llegué esta semana que tiene mucho que ver con lo que te estoy contando y, de alguna manera, me incentivó a cerrar ese hilo de pensamiento, a decidirme, a intentar cambiar un poco. Porque quiero seguir sorprendiéndome, conociendo gente, lugares diferentes.

Te dejo el texto, que emociona profundamente:

El tiempo no existe. El tiempo sólo son las cosas que te pasan, por eso pasa tan deprisa cuando a uno ya no le pasa nada. Después de Reyes, un día notarás que la luz dorada de la tarde se demora en la pared de enfrente y apenas te des cuenta será primavera. Ajenos a ti en algunos valles florecerán los cerezos y en la ciudad habrá otros maniquíes en los escaparates. Una mañana radiante, camino del trabajo, puede que sientas una pulsión en la sangre cuando te cruces en la acera con un cuerpo juvenil que estalla por las costuras, y un atardecer con olor a paja quemada oirás que canta el cuclillo y a las fruterías habrán llegado las cerezas, las fresas y los melocotones y sin saber por qué ya será verano. De pronto te sorprenderás a ti mismo rodeado de niños cargando la sombrilla, el flotador y las sillas plegables en el coche para cumplir con el rito de olvidarte del jefe y de los compañeros de la oficina, pero el gran atasco de regreso a la ciudad será la señal de que las vacaciones han terminado y de la playa te llevarás el recuerdo de un sol que no podrás distinguir del sol del año pasado. El bronceado permanecerá un mes en tu piel y una tarde descubrirás que la pared de enfrente oscurece antes de hora. Enseguida volverán los anuncios de turrones, sonará el primer villancico y será otra vez Navidad. La monotonía hace que los días resbalen sobre la vida a una velocidad increíble sin dejar una huella. Los inviernos de la niñez, los veranos de la adolescencia eran largos e intensos porque cada día había sensaciones nuevas y con ellas te abrías camino en la vida cuesta arriba contra el tiempo. En forma de miedo o de aventura estrenabas el mundo cada mañana al levantarte de la cama. No existe otro remedio conocido para que el tiempo discurra muy despacio sin resbalar sobre la memoria que vivir a cualquier edad pasiones nuevas, experiencias excitantes, cambios imprevistos en la rutina diaria. Lo mejor que uno puede desear para el año nuevo son felices sobresaltos, maravillosas alarmas, sueños imposibles, deseos inconfesables, venenos no del todo mortales y cualquier embrollo imaginario en noches suaves, de forma que la costumbre no te someta a una vida anodina. Que te pasen cosas distintas, como cuando uno era niño.

La fórmula de la felicidad

El otro día llegué a un artículo de The Atlantic que, por el título, primero me cautivó y después me dio a pensar que iba a ser un chamuyo energético de esos en los que no creo. Pero a medida que leía me daba cuenta que no era así, que se trataba de una charla científica. El título era “Una nueva fórmula para la felicidad” y era la transcripción de un episodio de un podcast en el que dos periodistas de la revista entrevistan a Robert Waldinger, director del Estudio de Desarrollo de Adultos de Harvard, una de las investigaciones más antiguas sobre la felicidad humana registradas.

El estudio, que arrancó en 1938, comenzó con un grupo de personas en su adolescencia y continuó hasta su adultez. No solo eso, sino que también siguieron estudiando a los hijos de algunas de esas parejas. Es tanto lo que se aprendió gracias a la investigación que cambió la manera en la que no solo la ciencia, sino también las personas, entendemos la felicidad.

¿La big picture? Hay dos, digamos, partes del estudio. Una tiene que ver con las acciones que tenemos que llevar a cabo para cuidar nuestro cuerpo. La onda es hacerlo como si fuéramos a vivir 100 años. Esto significa cumplir con una serie de condiciones a rajatabla: hacer ejercicio, alimentarse correctamente, ir al médico de forma regular y dormir bien. Parece una estupidez de lo “fácil”, pero sabemos que no es tan así mantenerlo en el tiempo.

La segunda parte del estudio es la que me resultó más interesante: las personas que viven más felices y más saludables son aquellas que mantienen no solo más conexiones sociales sino también conexiones más cálidas. Pero va más allá de nuestras parejas, amigos o familiares. También se refiere a relaciones más esporádicas o laborales.

Waldinger cuenta que a medida que las personas pasan los 40 se van dando cuenta de su propia mortalidad. Ese sentimiento de inmortalidad que teníamos cuando éramos pibes empieza a desaparecer para darle lugar al entendimiento de que no todo es para siempre, incluso nuestras vidas. Y ahí es cuando llega la pregunta “¿De qué te arrepentís?”. La respuesta, para la mayoría de las personas que formaron parte de la investigación, fue la misma: “Me gustaría haber trabajado menos y compartido más tiempo con las personas que quiero”.

Entonces un poco todo se basa en dos premisas: cuidá tu cuerpo y cuidá tus relaciones.

Y como todo siempre parece estar conectado, es un poco lo que vengo pensando hace un tiempo y, de hecho, lo que te comenté en la primera parte de observando (que la escribí sin haber leído esta transcripción). Quiero volver a hacer ejercicio y comer bien como hice hasta la mitad del 2022, quiero dejar un poco de lado mi rutina, dejar de preocuparme por acostarme un poco tarde un día de la semana porque al otro voy a estar cansado para trabajar, y no dejar pasar nunca más juntadas con personas que adoro y en las que pienso cuando estoy triste o con quienes estoy cuando ellos lo están. Porque el tiempo no vuelve.

Está claro que el balance es muy complejo y muchas veces no podemos hacer todo pero, si podemos descubrir cómo lograr ese equilibrio, una vida más feliz no debería ser imposible de alcanzar.

Medio Osho todo, ¿no? Qué sé yo. Me pegó para ese lado.

QUOTE

"Ella no estaba haciendo nada excepto estar allí apoyada en la baranda del balcón, manteniendo el universo unido".

— J. D. Salinger
POEMA DE LA SEMANA


Riesgo

Y entonces llegó el día
en que el riesgo
de quedarse encerrada
en un capullo
se hizo más doloroso
que el riesgo
que implicaba
florecer

– Anaïs Nin

Outro

Hola, ser del bien, ¿cómo estás? Yo super, pero esta vez super de verdad. De hecho, estoy escribiendo estas líneas en el asiento del acompañante del auto. Estamos en la ruta 22 a la altura de Cipolleti, en Río Negro. Mis vacaciones empezaron hoy y con Maca estamos yendo a pasar unos días al sur. Primero vamos a estar en Bariloche y después en Villa La Angostura.

La idea era parar en un hotel de General Roca, Río Negro, para descansar y después continuar viaje. No queríamos manejar de noche y pensamos que íbamos a estar ya cansados haciéndolo desde Buenos Aires hasta General Roca, pero no tuvimos en cuenta dos cosas: en el sur anochece muchísimo más tarde, poco antes de las diez de la noche, y que la energía que nos dio haber comenzado nuestras vacaciones era inmensa. Así que vamos a seguir manejando hasta que nos cansemos o anochezca. Lo que suceda antes. Imaginamos que vamos a parar en Villa El Chocón, en Neuquén, o un poquito más adelante. Así que probablemente mañana nos despertemos, desayunemos y para el mediodía ya estemos instalados en el Airbnb que alquilamos.

Lo más probable es que dentro de dos semanas observando no salga. Quiero descansar lo máximo posible y si bien hacerlo es un placer, también forma parte de mis actividades laborales. Tengo que desconectarme para volver con más fuerzas.

Ando con ganas de volver a escribir ficción. No lo hago hace meses. Quizás más de un año. Tengo algunas ideas dando vueltas y alejarme de la rutina constante, estar con la cabeza más despejada y tiempo libre podría funcionar. Si llego a escribir algo que me guste, como siempre, te lo voy a compartir por acá.

Casi me olvido. El viernes pasado fue mi cumpleaños. Ya tengo 37. Qué zarpado. Te digo la verdad, no lo puedo creer. Sé que no soy viejo, pero ya estoy grande, aunque no me sienta así ni de cerca. La mitad de mis amigos tiene hijos, las responsabilidades no paran de apilarse, mi cuerpo envejece. Qué se yo, me cuesta caer.

Si me querés hacer un regalito, quizás quieras suscribirte a observando para hacer un aporte mensual, comprarme un cafecito o recomendarlo a la gente que consideres que puede gustarle.

Gracias por estar y por acompañarme siempre. Los mensajes que me mandaron los lectores por mi cumple diciéndome lo importante que es observando para ellos me pusieron inmensamente feliz. Muchas veces pienso que las personas del otro lado lo reciben medio de rebote, lo ojean y pasan a otra cosa. Obvio, para muchos probablemente observando sea eso, pero para otros es más importante y eso me emociona hasta las lágrimas.

Te mando un abrazo gigante. Nos vemos en algunas semanas.

Axel

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