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Por Axel Marazzi

1. Las manos sucias

No soy una persona demasiado política aunque admiro a las personas que sí lo son y debaten con altura su postura. Me hipnotizan aquellas discusiones que hay en cumpleaños, bares o reuniones donde personas que están en las antípodas charlan y presentan sus posiciones. Siempre todo termina un poco pudriéndose porque es la única forma que tenemos en general los argentinos de hablar de política o de lo que sea que nos atraviese el cuerpo, cabeza y alma, pero hasta el momento en el que la cosa empieza a desvirtuarse, yo suelo ser de esos que está a un costadito escuchando cómo presentan sus ideales los involucrados.

Ese, entre muchos otros, fue uno de los motivos por los cuales me voló tanto la cabeza la obra de teatro Las manos sucias, escrita por Jean-Paul Sartre, adaptada y dirigida por Eva Halac y protagonizada por Daniel Hendler, Guido Botto Fiora, y Florencia Torrente.

Las manos sucias transcurre en una nación ficticia, llamada Iliria, aliada a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, y tiene como protagonista a Hugo, un pibe que nació en una familia de mucho dinero pero que “empezó a respirar” recién cuando entró al Partido Comunista, uno de los grupos que se armaron como forma de resistencia contra el Tercer Reich. El tema es que, por su origen burgués, en el partido lo discriminan y le hacen hacer tareas pelotudas sin tanto sentido. Él, con ansias de demostrar que realmente responde al partido, pide que le den una tarea “importante”. Así es como llega a la casa de uno de los líderes, con la supuesta tarea de ser su secretario, pero con la misión de asesinarlo. No te preocupes. Esto es solo la trama que es presentada al espectador en los primeros minutos y no un spoiler.

La obra es magnífica. Por cómo está contada, por cómo viaja al pasado a revivir la historia de la misión de Hugo, por las actuaciones, por cómo logran mechar el humor entre tanto drama, pero sobre todo por los debates entre la praxis política y el idealismo. De un lado, quien piensa que debe perseguirse la pureza de las ideas hasta el final, incluso si eso significa la muerte. Del otro el pragmatismo de hacer lo que tenga más sentido, lo que ahorre dolor y muertes. En el medio cómo no existe un lado de la política sin manos sucias, sin barro, sin mierda.

Sartre escribió esta obra en 1948, pero no me deja de sorprender el nivel de actualidad que tiene. Con otro vestuario, pero diálogos similares, podría ser una representación tranquilamente publicada hace solo algunos años.

No soy alguien que vaya demasiado al teatro, pero este tipo de obras hacen que quiera cambiar mi rutina e incluir esta expresión artística en mi cotidianidad. Si están en Buenos Aires y tienen la posibilidad, vayan a verla porque es perfecta.

2. La prueba, de Agota Kristof

La semana pasada te conté que había terminado El gran cuaderno, la primera parte de la trilogía de Claus y Lucas, escrita por la gran Agota Kristof. La prueba, la segunda parte, cambia completamente de perspectiva porque acá desaparece uno de los protagonistas. La historia pasa de ser compartida, una narración que involucra a dos personas unidas por un lazo único y que pensábamos irrompible, a una que muestra los pensamientos de solo uno de los hermanos y cómo poco a poco fue dejando esa niñez de aprendizaje para convertirse en un adulto con responsabilidades muy marcadas. Siempre con el fantasma de la guerra atrás, del totalitarismo y de una vida en la cual la mayor parte de las personas no pueden ni siquiera tener las necesidades básicas cubiertas.

Sentí a La prueba como una novela mucho más dura, porque se trata de situaciones más reales que se alejaron de esos niños superdotados y que formaron su propio camino de una manera casi imposible en una sociedad en guerra.

Pasamos de niños que pasan de una autoeducación casi imposible que podían manejarse con soltura y cierta libertad en un mundo donde las bombas eran cotidianas a uno en el que Lucas tiene una vida de adulto: trabaja, se enamora, tiene relaciones, y quiere a otra persona tanto o más que a sí mismo. Y al tratarse de un libro más real también es un libro que duele más. No sé qué te pasará a vos si lo lees, pero a mí me dejó dislocado, sobre todo el último tramo.

Lo mejor que te puedo decir sobre La prueba es que te deja con ganas de leer la última parte de la trilogía, cosa que es muchísimo en un mundo donde leer más de 150 páginas es una pequeña revolución. Ya te voy a contar cómo me va con La tercera mentira.

¿Viste cuando vas por la mitad de una serie y te está gustando tanto que no querés que termine? Ya me empezó a pasar con esta trilogía.

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3. Edad Tropical

La música en portugués no me gusta. No puedo conectar con el idioma. Eso hace que me pierda de un universo inmenso. Y un poco me molesta porque Brasil y todo lo que involucra su cultura me parecen alucinantes. Desde que estoy con Maca eso está cambiando un poco. Ella no solo ama Brasil, como yo, sino también el portugués, su música en todas sus formas (desde la bossa nova hasta el sertanejo).

Pero hay algunos artistas que superan estas barreras. Y uno de esos artistas obviamente es Gilberto Gil, quien no importa en qué idioma cante, su estilo o lo que sea que emprenda: ese amor y talento se transmiten y tocan a cualquiera.

A lo largo de las últimas semanas seguramente te cruzaste con muchas personas hablando de Gilberto Gil. Es porque cumplió 80 años. Uno de los textos que más me emocionó es uno que escribió Jorge Drexler, que tituló “Edad Tropical”.

Te lo dejo:

La primera vez que vi a Caetano Veloso fue en el año 1985, en pleno carnaval en Salvador de Bahía. Bajaba yo en traje de baño por la Rúa Carlos Gomes rumbo a la Plaza Castro Alves en medio de la compacta masa de cuerpos bañados en lluvia, sudor y cerveza que iba atrás de un trío eléctrico, cuando al llevar la vista arriba vi una imagen de Caetano en un pasacalle que cruzaba de lado a lado.

Como un semidiós nos sonreía desde las alturas y su ciudad, rebosante de belleza inteligente, de música, color y deseo, lo homenajeaba en su fiesta mayor.

Creo que fue la primera vez que entendí profundamente lo que la música podía significar en una sociedad y el rol que podría llegar a tener en mi propia vida.

Entendí asimismo que existía otro mundo más allá del opresivo y gris Uruguay de la dictadura en el que me había criado.

Un mundo donde yo tenía algo que hacer: canciones.

En el Brasil de hoy, que despierta de a poco de su propia pesadilla opresiva y gris, es difícil ver con perspectiva algo tan grande como la figura de Caetano. Pero yo, que aunque me siento en casa en Brasil lo veo desde fuera, puedo permitirme ver al país como lo que es: un gigante cultural que tiene a la canción popular como centro identitario.

Este inusual fenómeno fue generado por una inusual generación de cancionistas.

Realmente inusual.

La concentración de talento en la música brasilera del último medio siglo es algo insólito, quizás solamente comparable a fenómenos como el Siglo de Oro español o el Tin Pan Alley neoyorkino.

Brasil protagonizó (y protagoniza aún) una especie de Edad de Oro Tropical.

Con el paso de las décadas iremos dándonos cuenta del privilegio que fue ser contemporáneos de una serie de fenómenos de la magnitud de la Bossa Nova, el Tropicalismo y la MPB.

Y Caetano Veloso vertebra ese milagro musical.

Su excelencia insólita como compositor y como intérprete lo sitúa como uno de sus dínamos esenciales, y ha conseguido además mantenerse atento, abierto a cada época, evitando el abrazo pétreo de la consagración, esa Gorgona que transforma en estatua de sí mismo al artista que asume su propia gloria.

Lo conocí finalmente en persona cuando vino por primera vez a Uruguay en Noviembre de 1993 con "Circuladô ao vivo" (probablemente el mejor show que vi en toda mi vida) y el impacto que me causó fue tal, que su presencia escénica reverbera aún hoy en día en mí, cada vez que piso un escenario.

Caetano es hermoso, por dentro y por fuera, con esa aura de semi-dios que vi en aquella foto en 1985.

Más que nunca, ahora está ahí: bellísimo, novedoso, inspirador y con esa elegancia natural acrecentada por sus tropicales 80 años.

Cuando yo sea joven quiero ser como Caetano Veloso.
QUOTE

"El mundo envejece y al envejecer entristece".

— Torquato Tasso

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  10. Buenísimo este video que muestra el tiempo que toma hacer una escena en stop motion.
POEMA DE LA SEMANA


A la manera de bashō

En verdad mis poemas
no son míos. Más de lo

que una rana
es dueña de su croar,

del agua que salpica al zambullirse
en el estanque verde.

Vemos la superficie del estanque
que se traduce en ondas

que son su propio idioma. (Invisible la rana,
sumergida).

- John Levy

Outro

Hola, ser del bien que llega hasta el final de observando, ¿cómo estás? Yo bien. No te voy a mentir. Son las 8.23. Me tuve que despertar un rato antes de que saliera esta edición porque ayer hizo un día espectacular en Buenos Aires y yo me fui a un cumpleaños en un camping con un montón de amigos. El tema es que fue de esos cumples en los que llegás al mediodía, pensás que te vas a ir a la tardecita pero la joda sigue en una casa charlando hasta altas horas.

Terminé volviendo un poco tarde y muy cansado. Valió la pena, porque fue de esas fiestas eternas en las que tenés la posibilidad de ponerte al día con un montón de gente que querés con el alma pero que, muchas veces por la velocidad de nuestros días y la cantidad de laburo, no vemos tanto.

Aprovecho para contarte. Con Maca tenemos en la cabeza organizar un viaje. Quizás a la casa de sus padres en Misiones, quizás encontrarnos con ellos en alguna provincia linda. Nosotros vamos a tener que seguir trabajando, pero va a estar lindo reunirse con ellos porque no los vemos hace varios meses. Puede que ese viaje salga medio de la galera de un momento para otro, así que si ves que un domingo observando no llega a tu casilla, cosa que es raro sin que te avise, tené en mente que seguramente sea por eso.

Esta semana Maca dio una charla sobre side-projects y la importancia que tienen en su vida a partir de Parsimonia, su newsletter. Es una charla muy inspiradora y, tanto si tenés ya tenés un proyecto paralelo o si andás con las ganas de arrancar uno, probablemente te vaya a interesar verla.

¡Hoy voy a ver a Martha Argerich al Teatro Colón! Estoy entusiasmadísimo por dos motivos. Primero porque nunca fui a un show en el Colón y eso ya es un evento en sí mismo y, segundo, porque, bueno, Martha Argerich. Ya te contaré la semana que viene, seguro.

Como siempre te digo, que recibir observando sea gratuito no significa que hacerlo sea barato. Si querés ayudarme, podés colaborar mensualmente, comprarme un cafecito o simplemente recomendándolo.

Te mando un abrazo gigante y gracias por estar siempre del otro lado,

Axel

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